La voz del pastor

San Agustín, Obispo y Doctor

Con el título de este artículo se ponen de manifiesto las tres características del Santo Obispo de Hipona: Santo, Pastor, Sabio. Cuando era estudiante en el Seminario Menor “San José”, Artieda (Navarra), de los Padres Agustinos Recoletos, se nos inculcó que San Agustín era “el más sabio entre los santos y el más santo entre los sabios”. Después he leído que esa expresión se la atribuyó no sé quién a Santo Tomás de Aquino. No voy a entrar ni en discusiones ni en investigaciones, me quedo con lo que aprendí de niño.
1) Santo: Agustín es un santo muy humano, con pecados, errores y caídas, que, con la gracia de Dios, obtenida por la oración de su madre, Mónica, fue transformando su vida humana en una vida divina. Su vida nos muestra que todos empezamos siendo iguales, que sabe lo que son nuestras dificultades y que podemos ir adelante con la misericordia de Dios. El sueño de su vida era “Amar y ser amado” y su corazón conoció todos los secretos del amor humano y divino. Sí, comenzó poniendo su amor en las criaturas, en las cosas, y experimento cómo su sueño se desvanecía. Hasta que, después de su conversión, puso su amor en Dios y su sueño se cumplió. Ahí adquirió pleno sentido su expresión: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Y eso mismo le llevó a exclamar: “Oh hermosura siempre antigua y siempre nueva ¡Qué tarde te conocí!”.
2) Pastor: Agustín sacerdote era el brazo derecho del anciano obispo Valerio. Sus cualidades eran tantas y tan brillantes y su fama crecía en tal manera que, de muchos lugares, llegaban buscándole y queriendo hacerle obispo de su iglesia. Cuentan los biógrafos que fue necesario esconderlo durante algún tiempo y que, incluso, él mismo se cuidaba de obviar el paso por las iglesias que lo buscaban. Al final, el Obispo Aurelio, antes de que alguien se lo quitara, decidió promoverle al episcopado y hacer de él su Auxiliar: así lo consultó con el Primado de África, quien le dio el visto bueno y un día en el que había una Asamblea de Obispos en Hipona, ni corto ni perezoso, Aurelio subió al púlpito y anunció al clero y al pueblo su decisión. Todos estallaron en aplausos y aclamaciones que atronaron la Basílica de Hipona. Todos menos Agustín, que decía: “¿Cómo voy a ocupar dignamente el puesto principal de la dirección de la mística nave de Hipona, si, cual inexperto marinero, con dificultad puedo manejar un remo?” Su oposición de nada vale, siente que esa es la voluntad de Dios y el Obispo Megalio, Primado de Numidia lo consagra Obispo en la primavera del 396. Pocos meses después, el anciano Valerio murió, con la satisfacción de dejar la diócesis en buenas manos. Así narra el episodio su discípulo y biógrafo Posidio: “Acaba de ser colocado en el candelero una luz resplandeciente. La Iglesia de África profundamente humillada podrá, al fin, levantar la cabeza”. Agustín tenía 42 años de edad y, en los 34 años restantes, no hará otra cosa que hablar al pueblo, defender la fe y la Iglesia, y escribir una gran abundancia de libros.
3) Sabio: Sin duda alguna, San Agustín fue el gran apóstol de la palabra y de la pluma. No le interesaba ni el aplauso como orador ni la inmortalidad como escritor. Habló y escribió movido e iluminado por Dios, por amor a su Iglesia y a sus fieles. De ello son testigos que han llegado hasta nosotros sus 1,130 escritos en cuarenta años. Escribió contra todas las herejías de su tiempo, contra todos los enemigos de la fe. Se conservan más de 500 sermones. Y escribió tratados para explicar las Escrituras o para esclarecer la fe católica en las verdades eternas. Su producción es, ciertamente, una enciclopedia. El P. Turienzo dice que “Solos sus escritos bastan para formar una Biblioteca” y que “Para copiar en limpio las obras completas de San Agustín sería necesario escribir más de cuarenta millones de letras”. Y añade: “Parece increíble que un solo hombre, con tantas ocupaciones, hubiese podido ni siquiera coger la pluma”. A él acudían de todas partes para hacerle consultas, buscando consejos, planteando dudas o interrogantes. Y nadie se queda sin respuesta. Y, por si fuera poco, discute con los herejes.
El propio Agustín escribió: “Mi amor es mi peso. Por él voy donde quiera que voy” (Conf. 13, 9). Podemos decir que Agustín fue todo corazón: amó a Dios, amó a la Iglesia, amó a la Virgen, amó a sus fieles, a todos los hombres. A él se ha atribuido el dicho latino que aparece en una de sus Cartas: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno.” (Ep. 78)

Fr. José Luis Card. Lacunza M., O.A.R. / Obispo de David

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