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¿Procesión o Misa?

La típica situación. Ya sea por fiestas patronales, Semana Santa o alguna festividad popular, las procesiones mueven gente, y vienen acompañadas de prácticas peculiares que algunos defienden, otros critican y algunos simplemente no comprenden. Ya sea por caminos pedregosos o por las calles de la ciudad, las procesiones son parte de nuestra cultura.
El hecho de caminar largas distancias pese al sol, la edad y el cansancio representan un acto de fe que es digno de admirar. Hay feligreses que van a todas las procesiones, no se pierden una fiesta patronal y hasta pagan mandas completamente riesgosas y dolorosas, sin embargo, cuando llegan a la entrada de la Iglesia se dan la media vuelta y se van. Hacen grandes escándalos y llaman la atención de todos los caminantes por sus peculiares expresiones de sacrificio, pero apenas termina la procesión dan por concluida también su actividad espiritual. ¿Misa? ¿Para qué? ¿Para qué ir a Misa si ya me arrastré por cuatro cuadras mientras me echaban cera caliente en la espalda? Y es aquí donde está el error.
Se ha perdido en la mente y el corazón de estas personas el hecho de que no hay nada más valiosa que la Eucaristía.¿Por qué? Porque es allí donde está la presencia de Jesús ante el altar. Porque después de caminar por fe y por una celebración, es en el Santísimo Sacramento donde podemos experimentar ese intenso amor de Jesús, porque en la Santa Misa vivimos el rito de la Palabra y la Eucaristía de forma integral. Ante todo, Jesús es lo primero y aunque el hecho de caminar una procesión y orar en la misma está bien, no podemos olvidar el verdadero núcleo y razón de todo lo que profesamos: nuestra fe sólida en Cristo.

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