Espiritualidad

Preparemos el corazón para Dios

A veces se nos dificulta el encuentro con Cristo porque nos volvemos generación rebelde ante Dios, que vive en negativo, siempre quejándose contra Dios (Sal 78,8-10), y con ello no aprovechamos su paso, su visita. ¿A qué se debe que no sepamos aprovechar? Que “no preparamos nuestro corazón para Dios”. Por esta razón, como el pueblo elegido de Dios, olvidamos el pacto y rehusamos obedecer, no hacemos lo que nos pide (Jn 2,5; cf Sal 78,11-16; 24-29). Somos llamados a ser una generación dócil, humilde, obediente, fiel y sincera con Dios (cf Salomón 1Re 11,4), de corazón puro, que sea capaz de ver a Dios, así el encuentro con Él será fecundo en todo su ser. 

Preparamos nuestro Corazón “para Dios”

Se trata de entrar en la vida interior, saliendo a las periferias espirituales con-taminadas de nuestra vida, y que hacen que nuestro corazón NO esté debidamen-te preparado para recibir a Dios y dejarlo obrar en mí.

Dios pide que le AMEMOS con TODO nuestro corazón, con toda el Alma, con toda la mente (Mt 22,37; Mc 12,29-31). El amor es el que mueve a la disponibilidad, a la obediencia, al compromiso, a la más ade-cuada preparación para el encuentro con Cristo, conforme a la pureza del corazón, a la libertad interior del ser así se sirve a Dios, así se vive a Dios. 

¿Quién se prepara?  

Se prepara el que se sabe hijo de Dios en Cristo, el que desea aprovechar esta visita de Dios y no dejar que pase de largo. Así como en la relación de una persona que ama a otra que viene a su encuentro, así la persona que ama a Dios. El que ama es quien se prepara de la mejor manera que puede, para estar al alcance del Amado. Se prepara el que cree en el Enviado del Padre y sabe que viene a su encuentro, y hará todo lo que está de su parte para no perder esta ocasión.  

¿Cómo se prepara el corazón que se sabe amado y ama?

Buscará y hará todo lo que está de su parte para ser íntegro, para andar en rectitud de vida ante Dios (1Re 9,4-5). Es un corazón libre y capaz de liberarse de todo para “ser de Dios” (2Cor 20,33; 17,6). Es el corazón del joven que hace cosas buenas para Dios, y le busca en su vida y actos en el bien de su prójimo (2Cron 19,3). Se es-fuerza en vivir con sinceridad, con amor, con responsabilidad y entrega, dedicando el tiempo y sus dones a estudiar, profundizar la Palabra de Dios, practicarla y enseñarla (Esdras 7,10). No solo estudiarla que seríamos como dice Santiago: “Hagan lo que dice la Palabra, pues al ser solamente oyentes se engañan a sí mismos” (1,22-24). 

El joven que se sabe llamado por Dios al encuentro con Él, sabe en su corazón que, en su preparación, no basta con orar el mensaje, sino que lo ha de poner en práctica, y así se esfuerza por llevar la Palabra de Dios en su vida (Jn 5,39; Rom 2,21-22), para estar debidamente al servicio de la Iglesia de Dios (Sal 57,8; 108, 1). En el anhelo del encuentro con Dios le mueve el desear es-tar en las cosas de Dios y darle lo mejor, y en lo posible no pecar (Sal 119.11).

Por esto medita y prepárate bien:

Bienaventurados los jóvenes limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5,8). 

Me encontrarán los que me busquen de corazón (Jer 29, 11-15; cf Col 3,23), estos son “con corazón limpio” (Heb 10,22). Esto supone un tiempo para la purificación de la vida interior, para liberar el alma de todo lo que le separa del bien, con la consciencia que sólo el corazón así dispuesto podrá santificar a Dios (1Pe 3,15)

 La oración para el encuentro de corazón limpio

El corazón se purifica y se desembaraza de sí mismo y de sus ataduras externas, mediante el trato con Dios en la ADORACIÓN, es decir en el asombro y admiración del Amor y Obra de Dios que despierta a Amar. 

El trabajo preparatorio del encuentro con Cristo ha de llevar a la oración con intención santa y limpia, no para agradar a los hombres sino al Señor con corazón puro. Ayudar a adquirir un corazón desembarazado de sí mismo y que coloca toda su atención en el SER DE DIOS; con corazón puro y mente limpia para dar cabida a la verdadera adoración. Un corazón con disponibilidad total de Sí mismo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí…” (Sal 51, 12). 

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