La voz del pastor

Pastoral juvenil, un gran reto

Estamos a las puertas de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en nuestro país en enero de 2019, y ante este gran evento se nos plantean grandes retos, no sólo como iglesia sino como país. Tenemos que organizarnos para recibir a los jóvenes y al sucesor de Pedro, y dar lo mejor de nosotros. Pero, esto nos obliga a hacer una profunda reflexión sobre lo que la pastoral juvenil significa y los retos que ella nos propone, ya que la pastoral juvenil no se acaba con la JMJ, y todo lo que la JMJ nos exige y aporta debe hacernos primerear, como dice el Papa Francisco, el trabajo de acompañar a los que son y “ahora” y futuro de nuestra iglesia.
La JMJ nos llega en un momento en que la Pastoral Juvenil enfrenta situaciones muy variadas en nuestras diócesis y, desde luego, en cada comunidad. Empezando por que en muchas comunidades no existe, y más tristemente, en algunos casos ni siquiera es animada o vista como necesaria. Queremos a los jóvenes sí, pero mantenemos estereotipos obsoletos y poco evangélicos en el trato con ellos. No hay espacios ni tiempos en nuestros programas, buscamos que participen en la agenda parroquial de actividades agotadas en sí mismas, que no resultan interesantes, en una pastoral de conservación donde se les ofrece participar casi siempre como mano de obra.
Los jóvenes viven un momento cultural y social muy diferente al nuestro. Ya no están en una sociedad cristiana, el bombardeo de estilos de vida alternativos a la fe lo atrae y convence. Es por ello que se diversifica la realidad de cada joven, y esto nos obliga a ser creativos.
Ante el reto de la JMJ, nuestros jóvenes se han ilusionado y quieren ayudar, pero este puede ser el signo de lo que siempre hemos hecho, una pastoral de eventos, sin procesos de acompañamiento en los que no hay propuestas válidas. Nuestro discurso con los jóvenes es moralista y muy basado en experiencias emotivas, con canciones y predicas, pero faltan muchas cosas.
En la realidad de muchas comunidades los jóvenes no tienen espacio para encontrarse, no participan de la toma de decisiones, no están en los consejos parroquiales, ponemos asesores que son unos controladores de conducta, de pronto alguno que sea “muchachero”, pero sin preparación y no dejan que los mismos jóvenes sean los protagonistas del proceso. Por otro lado, la oferta en muy pobre y agotada, pues siempre vemos a la pastoral juvenil como el grupo que se reúne una tarde del sábado, y el que no quiera ir al grupo ya no le ofrecemos otra cosa, porque no existe la creatividad o porque nos exige recursos. Con los jóvenes nos cuesta gastar, preferimos gastar en flores, en adornos, en el grupo de liturgia, pero preguntémonos si realmente se sienten apoyados.
Los modelos de trabajo con los jóvenes son reducidos al grupo de siempre, no hay alternativas y tampoco nos atrevemos a ir a buscar a los alejados. Ir a los barrios y dejar que hablen, que nos digan lo que piensan, dejarnos cuestionar por ellos, lo vemos como falta de respeto, inmadurez, etc. Lo problemático que resulta que en una parroquia haya un itinerario para jóvenes, se improvisan temarios que tantas veces caen en extremos o muy moralistas, en donde se favorece un espiritualismo ajeno, donde el propio joven siente que vivir la fe es tarea imposible, donde se le llena de escrúpulos fideístas y descontextualizados, incluso con manipulación de la conciencia y de la propia libertad; por el otro extremo, se hacen procesos muy alejados del Evangelio, donde se promueven talleres de psicología y autoestima, desarrollo humano, comunicación efectiva, liderazgo, etc.; y, ambos extremos, no son la respuesta a la realidad del joven.
Los procesos de conversión no deben ser provocados u obligados, es Dios quien toma la iniciativa, por lo que la Pastoral Juvenil debe facilitar ese encuentro, el más importante de la vida, con Aquel que nos ha amado. No podemos tratar al joven como uno que no sabe nada, los jóvenes que llegan al templo, y cada vez menos, vienen porque están en búsqueda, ya se han hecho preguntas y necesitan respuestas válidas. Necesitan testimonios, no tantos discursos; necesitan una comunidad acogedora y testimonial, necesitan poder expresarse con libertad y sentir que les toman en serio, necesitan guías que los acompañen, no directores de escuela, guías que los animen y no que sólo los busquen para tomarse la foto y para cargar cosas en el templo.
La próxima Jornada Mundial de la Juventud, y el Sínodo de la juventud y las vocaciones, ponen de moda a los jóvenes, y todos felices, pero la realidad es que tenemos que ponerle ganas a la pastoral juvenil. Podemos preparar el encuentro del Papa con los jóvenes, y de seguro saldrá bien, pero debemos aprovechar el gran esfuerzo y el ánimo que este evento conlleva, para darnos cuenta de que hay que saber estar preparados para lo que vendrá después de la visita del Papa. Son muchos los sueños e ilusiones de los muchachos en su iglesia, no podemos defraudarlos, todo el trabajo de la JMJ puede quedarse en la alegría del momento, y perder esta gran oportunidad de enderezar el camino de la pastoral juvenil. Recordemos que el Papa viene a ver a los jóvenes, son ellos los protagonistas. ¿Qué clase de iglesia queremos que vea el Papa? Cuando los jóvenes se quejen de que en sus parroquias no les dan cabida, cuando se vea que las parroquias no hacen mucho por ir a buscar a los jóvenes alejados, cuando no tenemos una oferta pastoral para los que están en situaciones marginales. Sería bueno mirar nuestros templos en misa dominical y contar a los jóvenes que asisten, y no excusarnos diciendo que son rebeldes, mundanos, etc., que por eso no vienen, esa es la mentalidad cerrada y excluyente, que sigue esperando a “que vengan”, pero que no hace mucho por salir a buscarlos.
Este es el reto que nos plantean los jóvenes a nuestra iglesia.

Mons. Manuel Ochogavía Barahona / Obispo de Colón – Kuna Yala

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