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Mamá adoptiva, una bendición

Las “madres biológicas” nos preparamos para este gran don; pero en el caso de la “madre adoptiva” considero que es una fuerza poderosa que guía el destino para que la situación se dé.
En mi caso he disfrutado las dos bellas experiencias: de ser madre biológica, en cuatro ocasiones y una de madre adoptiva. Mi experiencia me permite plasmar aquí algunas observaciones en blanco y negro.
Al adoptar a un niño o niña no pensemos que es una “mascota” más que llevamos a nuestras casas. Es un ser humano igual a los que convivimos en el hogar. Por lo tanto, lo primero que exponemos si hay hijos anteriores como fue mi caso; es que esta nueva y bella situación conlleva exigencias, para todos los miembros de la familia.
Nuestro hijo adoptivo, por decisión de todos sus hermanos, llevaría el mismo primer nombre de ellos; también tendría que asistir al mismo colegio de ellos, y se cumplió.
A su debido tiempo, él se percató de que era adoptado, lo cual para nosotros lo tomó con naturalidad. Nunca le ocultamos su origen ¿con qué autoridad lo hubiésemos criado si estábamos basando su origen en una mentira?
Jamás permito que me pregunten: ¿Cómo te salió? ¿Te salió bueno? ¿El muchacho que recogiste que es de él? Estas preguntas no eran de mi agrado pues no era un “Paquee” que recogíamos. Dios nos dio el gran premio de compartir un ser también llamado Hijo…
Él ha significado una gran misión divina, y un día nos comprometimos a hacer de él no sólo un hijo más, sino un ser feliz, y sobre todo, un gran profesional como lo es al igual que todos sus Hermanos.
Para mí, el concepto de “adopción” fue una gran oportunidad de compartir nuestra familia, nuestros humildes recursos, un espacio físico o mejor dicho: nuestro hogar

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