La voz del pastor

La cuaresma y los sacramentos de iniciacion cristiana

El tiempo santo de cuaresma prepara a los fieles para celebrar el misterio pascual, ante todo, recordando el bautismo o preparándose para él, y mediante la penitencia.  En la dimensión personal, llama a la conversión y a la renovación cristiana, entendidas como empeño por profundizar en la vocación de bautizados, convertidos a Cristo, e incorporados a su misterio pascual.  Esta conversión se logra por la ascesis, que es también su fruto.

La dimensión social es inseparable de este enfoque cristocéntrico y pascual, que aspira a renovar toda la Iglesia, a la luz del misterio pascual, por los sacramentos.  Con razón afirma el concilio Vat. II que “la penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser solo interna e individual, sino también externa y social” (SC10). El Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía, los tres grandes sacramentos de esta renovación son pascuales en alto grado.  Las lecturas bíblicas, por su parte, rebosan de catequesis bíblicas.

La cuaresma empieza el miércoles de ceniza y termina el Jueves Santo con la Misa Crismal y las oraciones intermedias.  El Triduo Pascual empieza el Jueves Santo en la tarde con la misa en la cena del Señor.

En la cuaresma anual, la Iglesia llama a cristianos y catecúmenos a valorar profundamente la gracia de la iniciación en la vida de Dios, por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, y a crecer hacia la madurez de Cristo.  Año tras año, nos exhorta incansablemente a convertirnos y a creer en el Evangelio.

A la fe se llega por el escuchar la palabra de Dios, preexistente en el seno de Dios, y encarnada en el tiempo, para sanarnos de la herida del pecado, y elevarnos a la condición de hijos adoptivos de Dios (Gal.4: 4-7).  A esta gracia llegamos por el bautismo que Jesús inaugura en el Jordán.  El bautismo de Juan,  precedente, quería preparar al pueblo, por la penitencia, para recibir el de Cristo, en el Espíritu. En él, Cristo, al inaugurarlo, ve que el Espíritu baja a él en forma de paloma, y escucha la voz de lo alto, que le dice: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc.1:10).

Esta complacencia del Padre en Jesús, que evoca a Is.42:1-7, siervo del Señor, elegido por Dios y ungido con el Espíritu para cumplir una misión redentora, marca el inicio de la misión salvadora de Cristo.  En efecto, Dios es un padre que ha enviado a su Hijo al mundo, para integrarnos en su propia familia,  como nos revela Jesús (Jn.1:18).  Este pasa 30 años en el hogar de Nazaret, casa y escuela de comunión, y luego sale ´para invitar a los hombres a integrarse en la familia de Dios, anunciando la llegada del Reino de Dios, al que no se ingresa por la carne o la sangre, sino por la fe en Jesucristo.  El Padre siente honda complacencia en Jesús porque su voluntad está en perfecta armonía con la suya.

El momento del bautismo de Jesús es el momento de su madurez para la misión, que inicia vigorosamente, después de la prisión de Juan,  con profunda conciencia de su identidad y su tarea.  Llama a los primeros discípulos, con fuerza y autoridad para seguirlo en este empeño.  Pero puesto que la obediencia a la misión de anunciar el amor y la fidelidad de Dios se verá continuamente asediada por la tentación del Adversario ( satanás) de usar la fuerza del Espíritu en provecho propio y no al servicio de la salvación del mundo, los sinópticos anteponen una síntesis de las tentaciones, al inicio del ministerio.  Estas ocurren a lo largo de toda la vida del Señor, como vemos en Cesarea, cuando Pedro trata de desviarlo de su camino, y en el momento de la crucifixión en las burlas y el hostigamiento  de autoridades, soldados, y populacho.  El número 40 es simbólico, indica una totalidad.  Toda la vida de Jesús es una verdadera teofanía, de modo particular, su Bautismo, cuando inicia su ministerio, y su misterio pascual, cuando lo culmina.  En este itinerario no faltaron las tentaciones, como acabamos de ver, pero Cristo supo rechazar enérgicamente al Adversario.  Desde sus días en el hogar de Nazaret, no dejó de crecer en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y los hombres (Lc.2:52).

En cada cuaresma la Iglesia invita a los fieles cristianos y a los catecúmenos a este crecimiento.  Así como Cristo es  epifanía del Padre, el cristiano es epifanía de Cristo.  Nuestra meta es alcanzar la madurez de Cristo y su glorificación: el humilde rebaño debe llegar a donde ha llegado su sublime pastor.  El cuerpo debe alcanzar las mismas cimas que la Cabeza (cf Rm.8:29-30).

Las lecturas de cuaresma, como ya señalamos, quieren preparar al pueblo de Dios para participar en la celebración del misterio pascual.  Las del AT se centran en la historia de salvación de Israel como el presupuesto o la preparación, y, en ciertos aspectos, el prototipo de la redención cumplida por Dios, por medio de Jesucristo.  Las lecturas del NT exponen el sentido de la cruz, o explican cómo los fieles participan en la salvación por medio del bautismo.

En el primer domingo de cuaresma del ciclo B la primera lectura, Gn.9:8-15, narra la alianza con Noé.  Esta se distingue de otras, en que no solo se pacta con Israel, sino con toda la raza humana.  En esta alianza Dios se compromete a nunca más destruir la tierra con un diluvio.  De este modo, se afirma plásticamente la fe bíblica en la  divina conservación.  La voluntad final de Dios no es destruir la tierra sino redimirla.  La alianza viene acompañada por un signo, el arco iris.

Sin negar la importancia del pacto universal de conservación y su signo anexo, lo que esta lectura destaca hoy es que el diluvio de Noé es tipo y figura del bautismo cristiano.

El salmo responsorial (25) es de carácter sapiencial, y al inicio de la cuaresma, nos invita a la reflexión y a la súplica.  Responde bien al relato del diluvio con sus alusiones a la alianza del Señor y su misericordia y su lealtad, cuyo signo es el arco iris.

En la segunda lectura (IP.3:18-22), hayamos una interpretación del bautismo cristiano (v.21b): el bautismo no limpia una suciedad corporal, sino que es una respuesta a Dios dada por una buena conciencia. 

El relato Marcano de las tentaciones es brevísimo (Mc.1: 12-15).  Parece mostrar a Jesús como el antitipo de Moisés y de Elías, alimentado por los cuervos en el desierto.  La mención de las alimañas sugiere otra tipología: el salmo 91. 11-13 afirma que el justo será protegido por los ángeles, que lo guardarán de los ataques de alimañas.  Marcos presenta a Cristo como el nuevo Israel, el nuevo Moisés, el nuevo Elías, el Justo de Dios y el nuevo Adán que derrota los poderes del mal y restablece la armonía original en el paraíso.

Monseñor Oscar Mario Brown  / Obispo emérito de Santiago

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