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La comunicación crea comunión

El amor, por su naturaleza, es comunicación, que lleva a la apertura, no al aislamiento, al servicio, no al egoísmo (1 Cor. 13, 4-8). Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores. Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos. Como hijos de Dios estamos llamados a comunicarnos con todos, sin exclusión. La exclusión es un pecado que levanta muros de división y de aislamiento, de resentimientos y de odios. La comunicación tiene el poder de crear puentes de comunión, de favorecer el encuentro, la comunión y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad.
Escuchar nunca es fácil, ya que escuchar es un don de Dios. A veces es más cómodo fingir ser sordos. Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar y custodiar la palabra del otro. Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don y una responsabilidad que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo. Por tanto, procuremos que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, del juzgar y condenar que siguen enmarañando a tantas personas, y que llevan a expresarse con mensajes de odio. Nuestras palabras deben ser palabras que hacen crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación. Para esto es fundamental escuchar.

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