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Juzgarnos y etiquetarnos no ayuda en el amarnos

La palabra “amor” lleva siendo un campo de batalla desde hace siglos. ¿Qué entendemos por amor? Para unos es simple querencia. Para otros es un sentimiento sublime. Para otros, aquello que nos hace sentirnos bien con los demás. El amor es la manifestación de la virtud de la Caridad. En el catecismo se puede leer que la Caridad se contrapone al pecado de envidia y la generosidad al pecado de la avaricia. A veces confundimos Caridad con generosidad. El amor necesita de empatía, que no es más que unidad con quien sufre. La generosidad no necesita de esta afinidad, ya que se trata únicamente de dar al que no tiene.

Amar es ver a Dios en “el otro”. Ver en quien nos necesita, la imagen del Creador, del que merece el primer y más grande amor. Amor, caridad, es también ver en quien nos detesta la misma imagen de Dios. Quien no ama a Dios, difícilmente podrá amar a su prójimo. En todo caso lo podrá querer por necesidad propia, nunca desinteresadamente.

Es triste ver y a veces padecer, las envidias que se suscitan dentro de la misma Iglesia. Cada bando o partido fomenta el amor interno y el desprecio a quienes no son de su sensibilidad o ideología o no guarda la estética que les representa. Es fácil llamar “ultras”, “progres”, “ortodoxos”, “herejes” a quienes no son como nosotros.

Es fácil señalarlos para que los del bando se encarguen de maltratar y despreciar.

¿Cómo nos ha amado Cristo? Nos ha amado con los límites y carismas que cada cual portamos. Nos ha amado y ha dado la vida por nosotros, aunque algunos de nosotros no nos podamos ver ni conversar.

Pronto celebraremos Pentecostés. Celebraremos al Paráclito que hace posible lo imposible: que nos entendamos hablando lenguas diferentes. Mientras el Espíritu Santo actúa, quizás deberíamos intentar amar a los demás como Cristo nos amó.

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