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¿Por qué jugar en la infancia es algo tan serio?

Jugar es una actividad, además de placentera, necesaria para el desarrollo del niño. El juego espontáneo y libre favorece la maduración y el pensamiento creativo.

A veces, consideramos que “jugar por jugar” es una pérdida de tiempo y que sería más rentable aprovechar todas las ocasiones para aprender algo útil.

“Los juegos de los niños deberían considerarse como sus actos más serios”, decía Montaigne. El juego espontáneo está lleno de significado porque surge con motivo de procesos internos que aunque nosotros no entendamos debemos respetar.

Si se desea conocer a los niños -su mundo consciente e inconsciente- es necesario comprender sus juegos; observando éstos descubrimos sus inquietudes, sus miedos, aquellas necesidades y deseos que no puede expresar con palabras.

Los juegos de los niños muestran su evolución: Juegos funcionales, juegos de acción, de sensaciones y movimientos, juegos de ficción, juegos simbólicos o de representación.

El juego simbólico o de ficción es el juego infantil por excelencia. Obligado a adaptarse a un mundo social adulto, el niño necesita inventarse su propio mundo a partir de aquello que vive, pero traduciéndolo a un lenguaje personal, con el que adapta ese mundo externo a sus necesidades. Por medio del juego de ficción el niño asimila poco a poco ese mundo externo, lo elabora y se adapta a él en un proceso continuo de maduración.

Los niños empiezan a usar símbolos desde el segundo año de vida (por ejemplo, al señalar un perro diciendo “guau” o al hacer como si bebiera de una taza), repitiendo actuaciones que han visto en adultos, representando sucesos que han vivido o imitando el funcionamiento de objetos. En ese imitar del niño se produce la asimilación de las situaciones y relaciones que observa en el mundo que le rodea.

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