Espiritualidad

Espiritualidad y vida contemplativa

El 25 de Enero 2017 se realizará en Panamá, en el Valle de Media Luna, en la diócesis de Colón, la fundación de un monasterio de Monjas Carmelitas Descalzas, hijas de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, procedentes de Ecuador, consagradas a la misión de la vida orante contemplativa, en bien del pueblo de Dios, y llevando vida de clausura.

Entendiendo la vida contemplativa

Las personas que optan por vocación a la vida contemplativa y de clausura son, para muchos, una presencia invisible, pero existen y se dedican a vivir vida orante por ti, por la humanidad, por la Iglesia toda. Nos puede pasar que al escuchar esto de “vida contemplativa y de clausura”, y que son personas que vivirán siempre encerradas en una casa, saliendo sólo para lo necesario de sus vidas, o cuando la obediencia se los pida, nos vengan preguntas tales como: ¿Qué hacen todo el día ahí encerradas? ¿Para qué sirve eso? ¿Qué sentido tiene? ¿Y no se aburrirán? ¿No será perder el tiempo?

Esto sucede cuando no entendemos que aquello  que nos sustenta y que da aliento a nuestra vida, a nuestra existencia, no es lo que se tiene o se hace, ni lo que se ve o se toca, ni el lugar donde se vive o con quien materialmente vives, sino lo que allí en tu corazón, Dios te llama a vivir y realizar, y ahí mismo, en tu intimidad con Dios, tú sientes el deseo de dar ese paso con alegría y con disposición de convertirte en una ofrenda de amor en bien de los demás. Es como la vocación del corazón o de los pulmones en el cuerpo, que no paran de vivir por ti y para ti, y tú ni te enteras de lo que hacen por ti en cada segundo para mantenerte con vida y en buen camino. Así es una vocación contemplativa y de clausura, la de aquellas personas llamadas por el Señor, que a ejemplo del mismo Jesús en su Encarnación y Vida, entregan su vida por tu bien, orando en silencio, gastándose en silencio, llevando una vida en ofrenda de amor por ti y por toda la humanidad en el silencio o secreto de la clausura, al haber contemplado la hermosura de Dios y de la creación del ser humano.

Cuenta la historia del Carmelo que cierto día, Juan de la Cruz preguntó a una monja qué hacía en la oración, en qué se ocupaba. Ella le respondió: “en mirar la hermosura de Dios y holgarse (alegrarse) de que la tuviese”. Esta es la vida contemplativa, una llamada a formarse en la mirada de Dios, en la salud del amor de Dios puro y verdadero. Es aprender a dejarse enseñar por el mismo Dios que llama, a mirar la deslumbrante hermosura de Dios en todas las cosas y en todos los acontecimientos, recrearse en ella, y ofrecer su vida en favor de los demás, para ser recreados también en esa hermosura de Dios. Solo esto, bien vivido, basta y justifica que una joven deje  a su padre y a su madre, y todo su proyecto personal de vida, para ir tras una vida nueva, diferente y comprometida en el bien de los demás. Es una vida que tiene por meta llegar a no apartar los ojos de Dios, enamorados de ese “ser de Dios, pertenecer por entero a Dios”, encontrarlo y darlo a conocer en todo.

Necesitamos estas personas y estos lugares para que nos ayuden a encontrar el sentido de nuestras vidas, la felicidad que anhelamos, la paz y la comunión que el mundo necesita. Necesitamos estos corazones y pulmones que nos ayuden a palpitar y respirar a Dios, a vivir en Dios, a enamorarnos de nuestra vida en Dios, de nuestra vocación en Cristo, y nos ayuden a volver al camino cuando nos encontremos distanciados de lo que estamos llamados a ser. Santa Teresa de Jesús repite incansablemente: “Los ojos en Él”; “Mire que le mira” (Vida 35,14; 13,22). Dios ha llamado a estas almas a ser corazón en la vida de la Iglesia, en la vida del pueblo de Dios. Se han dejado mirar por Dios, viven libres y agradecidas con Él, y se convierten en “ofrenda de amor por el bien de los demás”.

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