Espiritualidad

Espiritualidad para animadores de la JMJ (V)

Animadores en Cristo: “La Escuela
del Amor”
Jesús comprendió a cada uno de los Apóstoles y los atendió conforme a su propia identidad, circunstancias y generación (Mt 9,36; Lc,13). Perdonó, tuvo paciencia, consoló, fortaleció y ayudó a cada uno. Primero “entra, se encarna” en el corazón de cada uno y se hace amigo de todos. Su presencia fue siempre amorosa, la del amigo que conoce y se da a conocer. Su estilo es entablar un trato de amistad con el discípulo, mostrarle el amor que le tiene y enseñarle a amar. El amor que el animador vive es lo que transmite y hace fecunda su misión. Santa Teresa nos dice hablando de la oración: “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertaré a amar, eso haced (4M 1,7, cf Jn 13,34; 15,9-17)”. No está la cosa en largos discursos, muchas actividades, grandes celebraciones, sino en el amor que mueve cada actividad, cada discurso, cada compromiso. Cada uno se compromete según lo que Jesús es para él en su corazón: ¿Quién soy yo para ti? (Mt 16,15; Lc 9,18).

El animador de Jesús ama como Jesús:
¿Me amas más que éstos? (Jn 21,15)
Los Apóstoles recibieron el amor de Jesús, lo experimentaban en todas sus acciones, y se sintieron llamados a amarlo al tener esa experiencia de amistad que ofrecía Jesús. Después de hacerse amigo, Jesús ofrece su enseñanza con obras, vida y palabras. Los Apóstoles recibieron del Amigo esa enseñanza y asemejaron, poco a poco, su vida con la del Maestro. Enseñar a amar y a ser amado, a dejarse amar, es la escuela de Jesús, que con su amor abre por igual el corazón del maestro y del discípulo. El amor de Jesús es el que hace fácil el trabajo del animador y el aprendizaje de los discípulos. La consigna del animador ha de ser la que da Santa Teresa a las formadoras y superioras de comunidad: “aprende a ser amada para ser obedecida”. Es decir, si quieres jóvenes obedientes, serviciales, comprometidos, primero pregúntate si ellos son amados, si se sienten amados por ti, que luego la obediencia será grata para ellos.

El animador debe “vivir lo que enseña”
En la espiritualidad verdadera, palabra y obras van de la mano, exhortación y vida son uno. Jesucristo exhortó a los demás a hacer lo que Él hizo a fin de que le sigan, y hacerlos partícipes de la misión que el Padre le había encomendado (Mt 4,19). Su efectividad estaba en la coherencia de vida con lo que enseñaba. “Enseñaba con autoridad, y no como los maestros de la ley” (Mc 1,22). En todo daba testimonio: -Para enseñar a prestar servicio, prestó servicio: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado sus pies, ustedes también deben lavarse los pies los unos a los otros” (Jn 13,14-15). -Para enseñar a amar, Él amó primero. “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen unos a otros; como yo los he amado” (Jn 13,34). -Para enseñar a orar, Él oró (Mc 1,21.35.39; 6,46; 7,34). En muchas ocasiones se retiraba a orar, y engolosina a los discípulos que le llegan a pedir: “Maestro, enséñanos a orar” (Lc 11,1).
Como animadores de la escuela y vida de Jesús atendemos algunos principios para enseñar como el Maestro nos enseñó:
1. Amen a quienes enseñan. Dediquen atención a cada persona. Concéntrense en las necesidades de sus jóvenes.
2. Prepárense espiritualmente. Vivan de acuerdo con lo que enseñan. Enseñen con la autoridad con la que Jesús enseñaba y animaba.
3. Enseñen mediante el Espíritu. Ayuden al joven a reconocer y amar a Dios en su propia vida, a descubrir la acción de Dios en su historia. Crean el ambiente propicio para aprender y convivir con Jesús.
4. Descubran a Jesús y su Evangelio juntos. Establezcan altas expectativas como animadores. Alienten a sus jóvenes a pensar en alto, a esperar de Dios la realización de sus vidas.
5. Disciernan el sentido de la venida de Jesús. Es Él quien viene al encuentro. Es Él quien sabe lo que el joven y su Iglesia necesita. El buen equipo animador ha de saber discernir qué es lo que el joven necesita y no sólo lo que el joven quiere. Dios es amor, y nos da lo que necesitamos, que “bien te ama quien no te da lo que no necesitas, porque sabe que no te va a realizar” (Sn Agustín)

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