Curso BíblicoEspiritualidad

El mártir, entre Jerusalén y Roma

Previendo el final de su vida, Jesús decide partir hacia Jerusalén y envía delante de Él, dos mensajeros. Son iguales el camino del discípulo y del maestro: Pablo decide ir a Jerusalén, y de allí a Roma, y también envía a dos colaboradores.  Él no sabe por qué va, sólo siente que debe hacerlo.  Ha llegado la hora de su pasión, que se iniciará en Jerusalén y se prolongará hasta Roma, donde morirá como mártir.  La muerte constituye el sello de la coherencia del testimonio cristiano.

La ciudad de Éfeso era famosa por su santuario a la diosa Artemisa (“gran madre tierra”). La presencia de la comunidad cristiana representaba una amenaza para el culto de la diosa, y sin duda para la misma ciudad:  el episodio del tumulto provocado por los artesanos, demuestra cómo el cristianismo produce consecuencias políticas, económicas y religiosas. 

En el aspecto económico, porque los orfebres y artesanos tenían el temor que el cristianismo perjudicara el culto y afectara su jugoso negocio.  Desde el punto de vista político y religioso, porque Artemisa era identificada con la ciudad misma y el pueblo se volvía excesivamente susceptible y fanático cuando alguien interfería con su sentido de lo sagrado. 

Las comunidades cristianas buscan el ideal de fraternidad y del compartir, y ello pone en claro que los intereses económicos que se basan en el dinero son idolátricos y entran en contradicción con el Evangelio. De hecho, el lucro arrebata al pueblo los bienes necesarios y los acumula, formando el gran ídolo de capital, administrado y usufructuado por una minoría privilegiada. El crimen que clama al cielo es la explotación política y económica que se hace de la bue-na fe del pueblo. 

Encubriendo las apariencias religiosas

Queda pendiente una cuestión:  ¿Constituye el cristianismo una amenaza para la sociedad idolátrica?  Lucas señala, de manera implícita, las consecuencias políticas del mensaje cristiano. En el grito “¡Grande es la Artemisa de los efesios!” resuena una confesión de fe y grito de batalla que podía degenerar en un linchamiento y hasta los judíos se sientieron amenazados. 

La intervención del magistrado consigue imponer sensatez.  Les recuerda que Artemisa no corre ningún peligro, disculpando así a los cristianos, y que como aquello no era una asamblea regular, podía atraer represión de parte de las autoridades. El tumulto se disuelve.

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