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Demos gracias a Dios (1 Cor. 15, 57)

Durante estos días, en que celebramos con gran alegría la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, hemos cantando con el salmo 117 “dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Como nos dice el Papa  Francisco, “¡Qué importante es saber agradecer, saber alabar por todo lo que el Señor hace en nuestro favor!”.
La gratitud para un creyente, es esencial en su vida de fe: un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado del amor de Dios. La gratitud solo crece en la tierra de las almas nobles. Aquella nobleza del alma, aquella gracia de Dios en el alma que empuja a decir: “Gracias”, pero para saber agradecer se necesita también la humildad, esa humildad que nos ayuda a dar siempre gracias a Dios y a los demás. Es fácil pedir y criticar, pero que difícil es ser humilde y dar. Con frecuencia damos todo por descontado. Y lo mismo hacemos también con Dios.
Será esta la causa por la  cual vivimos siempre molestos y tristes? Ser humilde como la Virgen María, que dice “se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”, es que la alegría empieza por sentirse amado y salvado por Dios, esa es la fuente de la alegría y de la acción de gracias, que Cristo me amo  y murió por mí, para salvarme  y darme vida eterna.
Nos podemos preguntar: ¿Somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida?

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