Laicos

Confieso que amo a Cristo

A menudo me pregunto por la razón-irracional del odio a Jesucristo en la sociedad de hoy. ¿Qué mal hizo un hombre (para los no creyentes) que vino al mundo hace más de dos mil años a predicar el amor y encima lo crucificaron, como al peor de los malhechores, tras arrancarle con saña la piel y clavarle una corona de espinas…?

Insisto: ¿Por qué molesta tanto, hasta el punto de repudiarle y renegar de Él, un hombre que hubiese merecido hoy más que ningún otro el Premio Nobel de la Paz?

Y al mismo tiempo me afianzo en que renegar de Cristo es precisamente la raíz de todos los males: crisis económica, social, política, institucional. bélica, moral…

Estoy convencido de que si todos amásemos a Jesucristo aprenderíamos a ser felices de verdad haciendo felices a los demás.

No existirían así disputas ni divisiones, odios ni rencores, se respetaría la vida del ser humano desde su misma concepción, la familia permanecería unida y todos, en definitiva, seríamos más solidarios.   

Tampoco nos damos cuenta de que es imposible renunciar con cierta coherencia a nuestras raíces cristianas por más que algunos se empeñen en ello: ¿Por qué sigue habiendo, si no, vacaciones de Navidad o Semana Santa?

Cualquiera con unos mínimos conocimientos de Historia sabe también que si acabamos de estrenar el año 2018 es, precisamente, porque Jesucristo es el origen de la era cristiana por la que nos regimos hoy, guste o no.

En mi caso, amo a Cristo con todas mis fuerzas. Estoy enamorado de Cristo y jamás me avergonzaré de Él, como advertía San Juan Pablo II, no sea que Él se averguence de mí.

Tras más de quince años sin pisar un confesonario, ahora sé que es imposible ser feliz sin Dios. Imposible serlo aquí y, sobre todo, Allí.

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