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El adulto creyente y su camino de fe

Para evangelizar o formar al adulto es necesario conocer al adulto. Cada uno vive su fe de manera particular y camina en este mundo a un ritmo diferente. No se pude pretender que todos tengan la misma maduración de la fe.
Hay que descubrir cuáles son las motivaciones de la persona, cómo percibe el mundo, que imagen tiene de Dios, para tener una idea del grado de madurez religiosa que posee y a partir de allí poder iniciar un proceso de formación en la fe que le ayude tanto en su vida personal como religiosa.
Se puede decir que la historia marca profundamente a una persona. Por ejemplo, una persona que recibió cariño y amor de sus padres cuando era niño va a ver la vida y a Dios de manera totalmente diferente a la que la vería una persona que cuando niño no recibió la atención y el amor de sus padres.
El gran desafío sería suscitar, en esa persona que viene a formarse, la fe que le ayude a sanar heridas, a iniciar una nueva etapa de su vida, a darse cuenta que hay una nueva manera de vivir que es la que nos propone Jesucristo en base al amor, al servicio, a la entrega. Por eso, partir de la experiencia de la persona es fundamental, porque estaríamos tocando “el ser mismo de la persona”, “su misma realidad” que le está afectando. Entonces, el Evangelio y la persona de Jesucristo, sí sería para ellos una buena y alegre noticia.
Para todo esto, como siempre, se necesita la disposición, el entusiasmo de todos los agentes de pastoral involucrados; y sobre todo, se necesita mucha formación de todos nosotros para poder llevar a cabo esta iniciativa o modelo de formación de adultos.

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