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Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente (Mt. 10, 8)

Ser agradecidos es una virtud que nos lleva a tomar conciencia de la vida como un don de Dios que hay que aprovechar, desarrollar y ponerlo al servicio de los demás. Cuando un cristiano no vive la vida como gratuidad, pierde también la capacidad de alabar al Señor, porque alabar al Señor es esencialmente gratuito. La gratitud genuina también se expresa en dar de lo que tengo al que lo necesita, como nosotros hemos recibido gratis todo de Dios.
Es bueno preguntarnos: ¿somos capaces de saber decir gracias? ¿Cuántas veces nos decimos gracias en familia, en la comunidad, en el trabajo, en la escuela y en la Iglesia? ¿Cuántas veces damos gracias a quien nos ayuda, a quien está cerca de nosotros, a quien nos acompaña en la vida? Con frecuencia damos todo por descontado, es fácil ir al Señor, a nuestros padres, cónyuges, jefes, amigos, para pedirle algo, pero qué difícil es regresar para darle las gracias (Lc. 17, 11-19). No somos expresivos, hoy pasamos al mundo de los emoticones para dar gracias, pero qué difícil, es ir y decir gracias.
Nos recuerda el Papa Francisco que “la gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles. Aquella nobleza del alma, aquella gracia de Dios en el alma que empuja a decir: Gracias. La gratitud para un creyente, está en el corazón mismo de la fe”. A veces pensamos que somos mejor que los demás, lo criticamos todo, y muchas veces despreciamos y descartamos al otro, pero debemos recordar las palabras del apóstol: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido? (1 Cor. 3,7).

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