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El trabajo como expresión del amor

Escuchamos en un canto mariano: “en el trabajo de cada día, como vivías y amabas tú, queremos Madre servir amando, viviendo siempre junto a Jesús”. Es que el hombre debe trabajar, bien sea por el hecho de que el Creador lo ha dispuesto así, bien sea por el hecho de su propia humanidad, cuyo mantenimiento y desarrollo del mundo exigen el trabajo de cada uno de nosotros. El hombre debe trabajar por respeto al prójimo, especialmente por respeto a la propia familia, pero también a la sociedad a la que pertenece, a la nación de la que es hijo o hija, a la entera familia humana de la que es miembro, ya que es heredero del trabajo de generaciones y al mismo tiempo va construyendo el futuro de aquellos que vendrán después de él con el pasar de la historia.
La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar a los quehaceres más ordinarios. San José es el modelo de los humildes; San José es la prueba de que para ser buenos y auténticos seguidores de Cristo no se necesitan “grandes cosas”, sino que se requieren solamente las virtudes comunes.
Hace falta, por lo tanto, que esta espiritualidad cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común de todos. La conciencia de que a través del trabajo el hombre participa en la obra de la creación. La importancia del trabajo en la vida del hombre requiere que se conozcan y asimilen aquellos contenidos que ayuden a todos los hombres a acercarse a través de él a Dios, Creador y Redentor, a participar en sus planes salvíficos respecto al hombre y al mundo y a profundizar en sus vidas la amistad con Cristo.

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