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La Cena de Pan y Vino y El Seminario Mayor San José

 

Pbro. Carlos Mejía, Rector del Seminario Mayor San José

Hablar de la Cena de Pan y Vino es hablar del Seminario Mayor San José de Panamá.
¿Por qué de esta intrínseca relación?
Por la sencilla razón de que ambas realidades emergen de una profunda conciencia de ser Iglesia y del compromiso de garantizar la continuidad de la obra de nuestro Señor Jesucristo, en la nación panameña.
Es verdad que La Cena de Pan y Vino es una actividad de tipo cultural-social, con un objetivo concreto: recaudar fondos. Sin embargo, tal como lo hemos indicado, no podemos desvincularla del Seminario Mayor San José, puesto que ella nace de la intención de apoyar y sostener los procesos formativos de los que habrían de pastorear al Pueblo de Dios, como también la de despertar la simpatía y aprecio de la comunidad cristiana hacia las vocaciones nativas. Así lo expresó quien fuera su impulsador: “Nos hacía falta más ambiente para el seminario. Más simpatía. Más apoyo: en lo económico y en la promoción de los candidatos. ¿Cómo llamar la atención del público? ¿Cómo hacer atrayente la idea de que jóvenes panameños, los mejores entre ellos, debían y podían pensar en el sacerdocio como un gran ideal de servicio a su pueblo; un ideal al alcance de ellos?”. Con esta profunda convicción, Monseñor Marcos G. Mcgrath, implementa esta actividad, inspirado en la Cena de Pan y Agua que se realizaba, en la ciudad Bogotá, con el fin de recaudar fondos para viviendas populares. A partir de esta experiencia se preguntó “¿Por qué no hacer esto mismo para el Seminario,… pero usando más bien pan y vino, símbolos de la Misa y del sacerdocio? Así nació la idea, que compartida con la buena gente de esta iglesia panameña, pronto se convirtió en esta cena comunitaria en apoyo de nuestros sacerdotes, actuales y futuros, y del Seminario Mayor San José,…..” (Marcos G. Mcgrath).
Han pasado cuarenta años, desde aquel momento en el que se tomó la decisión de realizar esta hermosa actividad. “Esa buena gente de la iglesia panameña” ha mantenido el ideal del Obispo visionario. Por esta razón, la Cena de Pan y Vino tiene que seguir cumpliendo su cometido. El tiempo no puede ser un obstáculo para la realización de este encuentro de fe y testimonio. Hoy nos toca decir, gracias a todos aquellos pioneros y pioneras que año tras año han depuesto sus intereses personales y familiares, con tal de que esta actividad logre su plena realización. Gracias por aquellos y aquellas que han asumido este compro-miso, con responsabilidad, dando signo de su adhesión a la fe católica. Gracias por el entusiasmo, la entrega y tenacidad con la que expresan su amor al Señor y al Sacerdocio. Es cierto que los años pasan, las fuerzas disminuyen, pero el amor a la Iglesia y al Seminario nos hace superar todos los escollos y limitaciones que aparecen en el diario vivir. Gracias por no hacer una dicotomía entre Cena de Pan y Vino y Seminario. Gracias porque en la celebración de este cuadragésimo aniversario, que ambas realidades están celebrando, Ustedes se mantienen firmes y decididos a seguir prestando su servicio a favor de la iglesia panameña. Este es un motivo para que celebremos juntos esta gran fiesta.
Con nuestra presencia decimos “creo en Cristo y en la Iglesia” y estoy comprometido visiblemente en su construcción! Esto no basta decirlo de boca o desde el corazón. Es preciso testimoniarlo, manifestarlo con mi presencia. Es vivir lo que nos dice el s. 133: “Qué dulce, qué bueno es estar los hermanos juntos”. Acudir a esta Cena es manifestar mi interés profundo por la vida de la Iglesia (Iglesia soy yo y somos nosotros), es saber que dependo de ella y ella depende de mí. Debo vibrar con sus alegrías y tristezas, con sus búsquedas y esperanzas, con sus sueños y proyectos. Debo ser responsable de su crecimiento para que aparezca el rostro de Cristo”.
Con esta exhortación que hiciera nuestro querido hermano Jorge Isaac Altafulla, de feliz memoria, queremos animarlos para que se hagan presente en esta Cena de Pan y Vino número 40. Expresémosle nuestra gratitud al Señor, por el don del sacerdocio, en este año sacerdotal. Apoyemos a nuestros seminaristas y animémosle a seguir ofreciendo sus vidas como “hostias puras, santas y agradables a Dios”. Hoy más que nunca, su presencia les confirmará que vale la pena ser sacerdotes para Dios y para su pueblo. Es cierto que algunos hemos fallado, pero el sacerdocio sigue siendo, hoy y en todos los tiempos, un ministerio que el mundo necesita, para su bien. Gracias por tu presencia.

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