Clero

El sufrimiento… ¿Es un castigo de Dios?

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves en la vida humana. En la enfermedad el hombre experimenta su impotencia, sus límites, y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte (Catecismo de la Iglesia Católica, 1500). La enfermedad puede conducirnos a la angustia, al repliegue sobre nosotros mismos, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Pero también puede hacer a la persona más madura y ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial, para volverse hacia lo que sí lo es (Catecismo de la Iglesia Católica, 1501).
El sufrimiento y el dolor pueden ayudarnos a crecer como personas, a superarnos y a madurar. Si preguntamos a los que están a nuestro alrededor cuáles han sido las experiencias que les han hecho ver la vida con más realismo y serenidad, veremos que han sido situaciones de problemas o dificultad en su mayoría.
Las personas que han sufrido más suelen ser maduras, realistas y centradas. El sufrimiento provoca una madurez en el ser humano y en la forma de ver la vida.
Para alcanzar la madurez humana tenemos que aprender a aceptarnos a nosotros mismos con todo lo que somos y lo que nos rodea: lo bueno y lo malo, lo agradable y lo doloroso, lo cómodo y lo molesto, etc. Con una actitud optimista y positiva ante la vida, el sufrimiento puede convertirse en el motor de nuestra superación y madurez personal. Si tomamos una actitud de desesperación y pesimismo, el sufrimiento puede llegar a hundirnos.
La enfermedad nos debe hacer buscar y volver a Cristo. Buscar, encontrar a Cristo y tocarle; experimentar la vida, que es Él mismo. Para que el sufrimiento sea realmente instrumento de bien para nuestra salvación, para que nos salvemos, necesitamos esta dimensión sobrenatural.

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