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Somos un pueblo solidario y servicial

El pueblo no es una masa inerte para manipular e instrumentalizar, sino que es un conjunto de personas, que se caracteriza en el hecho de compartir la vida y los valores, fuente de comunión espiritual y moral. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político y del ordenamiento jurídico.
La pobreza manifiesta un dramático problema de justicia: la pobreza, en sus diversas formas y consecuencias, se caracteriza por un crecimiento desigual y no reconoce a cada persona el igual derecho a “sentarse a la mesa del banquete común”.
A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Jesucristo, en mi hermano (Mt. 25, 31-46).
La solidaridad asume el rostro del servicio y de la atención a cuantos viven en la pobreza y en la indigencia, a los huérfanos, a los minusválidos, a los enfermos, a los ancianos, a quien está de luto, a cuantos viven en la confusión, en la soledad o en el abandono, en el extranjero; la solidaridad se abre a la acogida y al respeto.
Una sociedad que, en todos sus niveles, quiere positivamente estar al servicio del ser humano es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre. El cristiano está llamado a servir a Cristo, dejándose guiar por el amor.

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