|
San Agustín
El pecador que llegó a santo

P. Francisco Galende F., OSA -
separatas@panoramacatolico.com
San Agustín de Hipona es conocido, muy generalizadamente, como “un santo
pecador”. O más precisamente, como “el pecador que llegó a santo”. En
efecto, Aurelio Agustín de Tagaste, que vivió en el Norte de Africa
(años 354-430), vivió su adolescencia y juventud a ras de tierra, como
las mayorías de su entorno, empujado por los vientos que más soplan,
hasta remontar un día el vuelo, y convertirse en el “Aguila de Hipona”,
título que le ha otorgado la Historia. Pero este gran salto le implicará
un largo y azaroso camino.
EL PECADOR
Nació de un padre pagano y de una madre cristiana –Patricio y Mónica–,
de quienes recibe, de niño, una doble “siembra”: De su madre mama la fe
y el conocimiento de Jesús. De su padre hereda la ambición de poder,
placer, posición y prestigio. Y por mucho tiempo parece triunfar
decididamente el impacto del padre, sin desaparecer por completo el
hormigueo de lo aprendido de la madre.
Pero ¿cuáles fueron los pecados de Agustín? El mismo nos los cuenta,
amplia y detalladamente, en el libro de sus Confesiones:
• Ya de niño, se apasiona por los juegos y espectáculos, mientras es
reacio y perezoso en los estudios. Y patalea por los azotes y castigos
que le propinan los mayores.
• Roba cosas de la despensa casera, sea por gula, o para conseguir
juegos a cambio, con sus compañeros.
• Trama cantidad de mentiras tanto ante los profesores como ante los
propios padres.
• Llegado a su adolescencia, se enrola en la pandilla y se deja
arrastrar por ella en aventuras sexuales; en bravuconadas machistas, y
aun en robos de la fruta del vecino.
• Prosigue sus estudios en la ciudad más importante de la zona
(Cartago), en la que destaca una juventud libertina, entregada a los
amores y placeres impuros y apasionados por el teatro, que incentiva sus
pasiones. Y en ella se enrola Agustín sin restricciones: “Buscaba, con
pasión un objeto de amor, deseoso como estaba de amar”.
• Su fe cristiana inicial ha ido quedando marginada de su vida. Un día,
junto a un amigo enfermo, se rió burlona y despectivamente, de que le
hubieran administrado el bautismo al creerlo en peligro de muerte.
• Se amanceba, a sus 17 años, con una mujer, de la que tendrá un hijo, y
con ella convivirá durante 14 años.
Agustín fue un pecador, como tantos y tantos que en el mundo son y han
sido. Pero un día se convertirá en uno de los grandes santos de la fe
cristiana. ¿Por qué? ¿Cómo lo logró? Si él consiguió dar esa gran salto,
¿por qué tantos y tantos, tan pecadores o menos que él, nunca logran –o
logramos– salir de una vida mediocre, insustancial y trivial? ¿Cuál fue
su secreto? Por supuesto, creemos y afirmamos que la santidad es gracia
o don de Dios; pero no podemos concluir que Dios sólo se la ofrece a los
que Él quiere, y se la niega al resto. Se la ofrece, más bien, a los que
quieren y le abren sus puertas.
Un día, siendo ya obispo, responderá a estas preguntas, desde su propia
experiencia. Todos los seres humanos –afirma– pueden catalogarse en tres
tipos:
1°.- Los pecadores.- Lo somos todos, incluidos los santos. Unos
más y otros menos.
2°.- Los impíos.- Los que libre y decididamente caminan por
derroteros de degradación, sólo guiados por sus apetencias. Los que
niegan a Dios, y detestan a cuantos creen en Él. Los que se ríen de los
más altos valores de la honestidad, la justicia y la verdad.
3°.- Los apáticos.- Los que no son, ni fríos ni calientes, sino
tibios (Apoc. 3,20). Los que se creen buenos, simplemente por no ser
malos (por no hacer maldades). Los que prefieren ser como la mayoría
(=ni malos ni buenos), para no dejar de ser «normales».
Y San Agustín concluye: Aspiremos a ser únicamente “pecadores”. Pero
nunca impíos ni apáticos. Estaba retratando su propia vida. Agustín fue,
ciertamente, un pecador, con rasgos también de impiedad. Pero nunca fue
un “apático”. Fue, ya desde muy joven, un inquieto buscador.
EL HOMBRE INQUIETO Y BUSCADOR
Agustín fue muy pronto consciente de que lo que más anhelaba, en el
fondo de su ser, era SER FELIZ. Para conseguirlo, buscó apasionadamente
placeres, dinero y prestigio. Pero no soslayó el hecho de que tal rumbo
de vida acababa, por sistema, en frustración: Tales cosas no lograban
llenar el vacío que llevaba por dentro y, más bien que feliz, le dejaban
insatisfecho. Entendía, por ello, que ¡estaba errando el camino! Se
había afincado en la convicción de que “Amar y ser amado era la cosa más
dulce para mí, sobre todo si podía gozar del cuerpo del amante” (Conf.
III, 1,1). Pero “Al fin fui amado, y llegué secretamente al vínculo del
placer, y me dejé atar, alegre, con ligaduras trabajosas, para ser luego
azotado con las varas candentes de hierro de los celos, sospechas,
temores, iras y contiendas”( Conf. III, 1,1). ¡Algo estaba fallando!
Un día, mientras Agustín preparaba un discurso para honrar y ensalzar al
Emperador, en el que sabía que diría muchas mentiras, con tal de
agradarle, se encontró en la calle con un mendigo que vivía de limosnas
y, no obstante, danzaba, cantaba y reía como el más feliz de los
mortales. Avergonzado de sí mismo, Agustín comentó con sus amigos “los
muchos dolores que nos acarrean nuestras locuras, porque con todos
nuestros empeños, cuales eran los que entonces me afligían, no hacía más
que arrastrar la carga de mi infelicidad, aguijoneado por mis apetitos,
aumentarla al arrastrarla, para al fin no conseguir otra cosa que una
pasajera alegría, en la que ya nos había adelantado aquel mendigo y a la
que tal vez no llegaríamos nosotros. Porque lo que éste había conseguido
con unas cuantas monedillas de limosna era exactamente a lo que aspiraba
yo por tan trabajosos caminos y rodeos” (Conf.VI, 6,9).
Agustín descubre que está equivocando el rumbo. Y se pone en búsqueda.
CAMINOS DE LUZ
Al cumplir Agustín sus 19 años, cae en sus manos un libro que lee con
interés, por ser su autor un ilustre orador: “El Hortensio”, del
jurista, político, filósofo, escritor y orador romano. Este libro aborda
el tema de la “Sabiduría”: Cómo vivir la vida inteligente y
sensatamente, y no neciamente; y el tema de la “Verdad”: Cómo vivir la
propia existencia fundamentada en verdades, y no en falacias, engaños y
espejismos. Esta lectura elevó la mirada de Agustín a los más altos
valores y dinamizó en él una búsqueda sincera de esa sabiduría y verdad.
Por más de diez años tanteó en las distintas escuelas filosóficas; se
adhirió a las doctrinas maniqueas; probó con los astrólogos; inició la
lectura de la Biblia, pero le decepcionó por su lenguaje arcaico y poco
elegante. Al fin será el gran Obispo Ambrosio de Milán, a cuyos sermones
acudió inicialmente por su fama de excelente orador, el que le abre
convincentes caminos de luz, le aclara el verdadero significado de la
Palabra Revelada, y le impulsa a hacerse catecúmeno como preparación
para el bautismo cristiano. Tras de algunos titubeos, Agustín se hace
cristiano de convicción. Pero no está todo logrado: Los cambios de vida,
de rumbos de conducta y de costumbres, las renuncias que su nueva fe
implica, provocan en él resistencias e indecisiones. Y sus entrañas se
estremecen con dolores de parto: “En cuanto a mi vida temporal, todo
eran vacilaciones. Se hacía necesario limpiar mi corazón de la levadura
vieja. El camino, que es el Salvador en persona, me agradaba; pero
sentía pereza en aventurarme a recorrer su angosto trazado” (Conf. VIII,
1,1).
Pero Agustín ya no es el mismo. En realidad ha quedado captado por la
verdad y la belleza de la fe cristiana y se hace incapaz de marginarla
de su vida. Por ello, se entrega con avidez a la lectura de la Sagrada
Escritura, y especialmente de las cartas de San Pa-blo, el convertido
apasionado por Cristo, que le revela la grandeza del Maestro de los
maestros, y sus enseñanzas y ejemplo le contagia su pasión por Él. Pero,
golpeado reiteradamente, por diversos modelos de vida cristiana que va
conociendo, da el paso decidido a una conversión sincera y cordial a la
fe, al cumplir sus 32 años de edad. En largo retiro con los suyos, se
prepara para el bautismo, que recibirá medio año después de manos del
obispo Ambrosio.
EL HOMBRE SIEMPRE EN CAMINO
Agustín se convence muy pronto que con su conversión a la Fe, no está
todo logrado. Hay metas aún no logradas y condicionamientos, hábitos y
tendencias del pasado, que no ha logrado superar y es necesario seguir
caminando: “¡Todavía voy en pos de la meta, aún avanzo, aún camino,
todavía estoy en ruta, todavía estoy en tensión, aún no he llegado!” (Serm.
169,18). Unos 14 años después de convertido, decide hacer una especie de
Ejercicios Espirituales personales, en diálogo abierto con Dios, para
conocerse realmente a sí mismo; desenmascarar contradicciones y
falsedades en su interior; descubrir capacidades latentes y limpiar su
vida de las huellas oscuras de su pasado: “Incitado a regresar a mí
mismo, entré en mi interior, guiado por Ti. Y pude hacerlo porque Tú te
hiciste mi ayuda” (Conf. VII, 10,16). Es el método que hoy llamamos “de
la interioridad”, o de “la mirada a sí mismo”. Y lo hace escribiendo.
Dejó así un precioso legado para la historia, en su obra inmortal “Las
Confesiones”, modelo de honestidad consigo mismo.
Tras de tantos años de búsqueda en “exterioridades”, Agustín descubre el
“Camino Interior”, que transformará radicalmente su vida y actitudes. Y
en su interior descubre la Presencia discreta y actuante de Dios mismo,
que nunca estuvo ausente de su vida: “Yo andaba por fuera y por fuera te
buscaba… Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo…” (Conf. X,
28,38).
EL SANTO
San Agustín inició así la escalada a la santidad: La cabal
identificación de su “espíritu” (ese espíritu que Dios infundió en el
hombre al crearlo a su imagen) con Dios mismo. Y se convirtió en un
enamorado de Dios: “¡Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera.
Brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera. Exhalaste tu
perfume y respiré, y suspiro por Ti. Gusté de Ti, y siento hambre y sed
de Ti. Me tocaste, y me abrasé en tu paz!” (Conf. X,28,38).
Desde este encuentro interior, Agustín aprende a “trascenderse a sí
mismo”. Y el amor de Dios y a Dios, prende en él el fuego del amor y
entrega sin reservas a los que le rodean, particularmente a sus propios
fieles de Hipona. Les sirve espiritualmente, y se ocupa también de sus
problemas temporales: acoge diariamente, en su despacho, a los que viven
en conflicto, para abrirles caminos de paz; escribe cartas, o visita
tribunales a favor de quienes son víctimas de burdas injusticias; acoge
a los perseguidos, brindándoles asilo en su iglesia; clama solidaridad
por los pobres y mendigos, y él mismo vende aun objetos sagrados, para
ayudarles; solidariza a sus fieles para el rescate de niños vendidos
como esclavos, en el puerto de Hipona; escribe cartas a los jueces,
suplicando que traten con benevolencia y humanismo a los que han sido
detenidos, tras incendiar sus templos y matar a algunos de sus
sacerdotes. Etc., etc.
San Agustín manifestó especialmente la grandeza de su corazón, cuando
los bárbaros invaden la Región, arrasando templos, violando vírgenes,
matando cristianos, y acercándose más y más a Hipona. Un obispo colega
escribe a Agustín, preguntándose si los obispos no deberían huir, para
proteger su vida y poder algún día volver a servir a sus fieles. Agustín
le replica, en una larga carta, que eso sería justo si solo los obispos
estuvieran en peligro; pero cuando también los fieles lo están, no es
honesto, ni cristiano abandonarlos. Y Agustín permaneció en su puesto,
esperando lo peor. Los bárbaros cercan Hipona tres meses antes del
fallecimiento de Agustín, y logran vencer el cerco unos meses después.
San Agustín nos dejó así patente su temple de mártir.
Volver
|