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“Fidelidad de Cristo, fidelidad del
sacerdote”

Francisco
Galende F., OSA.
Su Santidad Benedicto XVI ha proclamado “AÑO SACERDOTAL” el período de
junio-2009-junio-2010, con motivo del 150° aniversario de la muerte del
Santo Cura de Ars (1786-1859). A raíz de su canonización, en 1925, el
Papa Pío XI lo declaró Patrono de los Párrocos y Pastores de almas..
Benedicto XVI quiere proclamarlo este año “Patrono de todos los
sacerdotes del mundo”.
El Santo Cura de Ars fue, en efecto, un sacerdote modelo, por su entrega
cordial y sin reservas a sus fieles, en su palabra sencilla, que tocaba
los corazones, sus largas horas diarias de confesonario; su amor a los
más pobres, desde su propia pobreza personal; su profunda
espiritualidad, vida de oración, y unión con Jesucristo. Su formidable
labor pastoral hace contraste con el hecho de que no fue un sacerdote
cualificado. Ya durante sus estudios, en el Seminario, sufrió la
tentación de abandonar el camino debido a su cortedad y torpeza; él
mismo confesaba que “no podía guardar nada en su mala cabeza".
Consciente de sus profundas limitaciones, añoró el retiro y la soledad
y, a sus 65 años, rogó incluso a su obispo que le dejase renunciar.
¡Pero continuó hasta su muerte!. Y es sorprendente que la irradiación de
su contagiosa espiritualidad trascendiera los límites de su parroquia de
Ars y atrajera, durante años, miles de peregrinos, anhelantes de conocer
y escuchar a este santo cura.
Jesucristo, el Supremo Modelo
Benedicto XVI ha propuesto como tema de reflexión para este año, el
lema: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”, apremiando con el
mismo a los sacerdotes a tomar conciencia de la nobleza de su vocación y
a cultivarla con esmero, en su comunión con Jesucristo, el Supremo
Modelo. Al sacerdote se le definió, milenariamente, como “alter Christus”
–otro Cristo-; es decir, una encarnación radical del espíritu y
actitudes de Jesucristo, que consagró toda su vida a la Causa del Reino
de Dios entre los hombres, en la fidelidad a la Voluntad del Padre y a
su Proyecto para sus criaturas humanas.
Jesucristo centra su Mensaje en la “Buena Nueva” de un Dios-Amor que nos
convoca a la fraternidad sin fronteras; mensaje que proclama no sólo con
su palabra sino ante todo con el testimonio de su vida. Él es el Maestro
y Modelo del Amor, sin discriminaciones. Y centra su mensaje en torno a
dos grandes lecciones: Enseñarnos a ser hijos del mismo Padre, que está
en los cielos; y enseñarnos a ser hermanos y amar y respetar a buenos y
malos; a amigos y enemigos. Jesucristo no vino a instaurar simplemente
un nuevo “proyecto religioso”: de cara a Dios; vino a instaurar un nuevo
"proyecto de Humanidad”, dinamizando los valores que ennoblecen y
humanizan verdaderamente al ser humano, y priorizando los deberes hacia
los demás sobre los derechos particulares; el servicio sobre la
dominación; la sensibilidad hacia todo ser humano sobre las propias
apetencias, gustos e intereses.
Y he aquí el aspecto fundamental de la fidelidad del sacerdote:
Convertirse también en el “hombre del amor”; encarnar en su propia vida
ese mismo espíritu de Cristo; crear fraternidad y comunión con cercanos
y lejanos; despertar sentido de “familia” entre los seres humanos. Y, en
concreto: acoger, orientar, estimular y perdonar a los que desvían el
camino; llevar consuelo y esperanza a los enfermos y sufrientes; enseñar
a niños y adultos la “Buena Nueva” de un Dios-Amor, que no nos deja de
la mano, y anhela que vivamos juntos nuestra vida, igualmente dados de
la mano. La fidelidad del sacerdote alcanza su plena realización cuando
su propia vida y testimonio gritan más que sus palabras, y puede afirmar
con Jeremías: “Gozaré haciendo el bien” (Jr 32, 41).
Fidelidad y celibato sacerdotal
La Iglesia Católica apuntó ya, desde los primeros siglos, a la más alta
utopía, definida por Cristo mismo para el dispuesto a seguirle, imitando
su propio ejemplo: “Quien abandone casa, mujer, hermanos, padres o hijos
por el Reino de Dios, recibirá cien veces más, en esta vida y al fin la
vida eterna” (Lc.18,29). Lo llamamos “celibato”, que implica superar los
amores particulares, para abrir el corazón a todos, desde el Amor mismo
de Dios: “El casado se preocupa de los asuntos del mundo y ha de
dedicarse a su mujer” (1Cor.1,33). El célibe mantiene libre el corazón
para acoger a todos y gastarse en bien de todos, particularmente de
quienes más lo necesitan. He ahí la utopía de Cristo, en la que pueden
pretenderse reducciones, pero la utopía está ahí.
El celibato es una opción de libre voluntad y no impuesta a nadie. El
Catecismo de la Iglesia Católica anota que “En las Iglesias orientales
(católicas), desde hace siglos… los hombres casados pueden ser ordenados
diáconos y presbíteros” (n.1580). En la Iglesia Latina, en cambio,
“Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los
diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres
creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el
celibato “por el Reino de los Cielos” (n. 1579). Salvaguarda, sin
embargo, la permanencia de la libre opción del celibato, al declarar:
“Un sujeto válidamente ordenado, puede ciertamente, por justos motivos,
ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la
ordenación…”(n. 1583). En consecuencia, nadie está obligado a
sobrellevar una obligación más allá de sus propias fuerzas y de su libre
autodeterminación.
El celibato sacerdotal, en concreto, está hoy amenazado por la reducción
generalizada de su significado al aspecto de “renuncia” al amor, a la
compenetración en cuerpo y alma con una mujer y el placer sexual que
conlleva, y que se prolongará espontáneamente en una familia propia.
Para muchos el celibato es, sobre todo, la renuncia a la experiencia
erótico-sexual. El “alma”, sin embargo, del celibato sacerdotal no está
en la “renuncia”, sino en la sustitución: La sustitución de un amor
selectivo y concretado en “los míos”, por un Amor más grande que se
centra en la “persona humana” en cuanto tal, más allá de sus atributos o
atractivos diferenciantes. Es el Amor del que Cristo afirma que “no hay
Amor tan grande como el que da la vida por los que ama” (Jn. 15,13); el
que está dispuesto a gastar su vida haciendo el bien, y en ello pone su
pasión y encuentra su mayor gozo.
Sin embargo, cuando este Amor, entusiasmo y pasión se fatigan, entran en
rutina y se desgastan, cobran fuerza y se sobreponen las propias
apetencias, especialmente las erótico-sexuales, para llenar el vacío.
¡Porque ahí están! Y entonces se hace imperativa la “infidelidad”, que
ocurre frecuentemente tanto en la vocación matrimonial como en la
sacerdotal.
He aquí el gran desafío para la fidelidad, especialmente al celibato de
los sacerdotes, religiosos y religiosas: Ser pioneros de un Amor,
sensibilidad, solidaridad y respeto hacia toda persona humana, más allá
de sus atributos externos; ser capaces de estremecerse ante una abuelita
arrugada y retorcida; ante una madre escuálida y ajada tras largos años
de trabajo y lucha por sacar adelante a sus hijos; ante enfermas y
enfermos deformados y en sillas de ruedas; ante niños y niñas,
adolescentes y jóvenes, afeados o afeadas por la subalimentación, la
exclusión y la pobreza. Es el Amor de Cristo, que anhelamos encarnar,
enardecer y cultivar para humanizar más y más nuestra sociedad humana.
La “infidelidad” sacerdotal
Todos estamos sobradamente informados de los numerosos sacerdotes, y aun
obispos, que en nuestro tiempo han ido abandonando su sacerdocio,
incluso con grave escándalo de delitos pederastas o de sorpresivos
enamoramientos. No faltan, por ello, quienes, dentro o fuera del
sacerdocio, consideran hoy inoportuno, sin sentido y fuera de época el
celibato sacerdotal y claman por su abolición. La nobleza del celibato,
sin embargo, ha quedado patente en la dedicación abnegada a los demás de
multitud, no sólo de sacerdotes (ya desde el siglo III), sino de
religiosos y religiosas del pasado y del presente, que han encontrado en
ella su mayor felicidad y realización personal.
Hoy hace daño la pérdida del sentido de las proporciones, debida
particularmente a los medios de comunicación. Por ellos, si un sacerdote
da un escándalo, la noticia llega de inmediato a todos los rincones de
la tierra; pero si mil sacerdotes viven con dignidad su vocación y
misión, sólo se enteran los cercanos. La Iglesia cuenta actualmente con
412.160 sacerdotes y obispos (Estadísticas 2006). Basta que un 2%
(4.100) degraden la fidelidad a su vocación y misión, para que la labor
digna y noble del 98% restante, quede ensombrecida y cuestionada
ambientalmente.
No es justo pasar por alto la formidable labor humanizadora que multitud
de personas célibes han llevado a cabo ayer y hoy. Suman actualmente
1.218.789 los sacerdotes, religiosos y religiosas que, olvidándose de sí
mismos y sus propios intereses, dedican plenamente su vida a los demás,
especialmente a los más pobres, excluidos y sufrientes. Ellos, con la
colaboración también de muchos laicos, atienden en nuestro tiempo, en
los cinco Continentes, según estadísticas del 2002, numerosas
instituciones de beneficencia, entre ellas:
= 787 Leproserías; 8.695 Orfanatos; 13.933 Hogares de Ancianos y
minusválidos; 10.640 Jardines de Infancia; 16.445 Ambulatorios y
Dispensarios; 31.312 Centros de Educación o reeducación; 63.125 Escuelas
Maternales; La atención al 35% de los enfermos de Sida, hoy existentes;
200.000 sacerdotes, religiosos y religiosas en los lugares más pobres de
la Tierra.
Siempre en camino
La fidelidad mantenida a la utopía de Jesucristo, de abandonar padre y
madre, esposa e hijos, para dedicarse en plenitud a la Causa del Amor,
que viene de Dios, no es cosa fácil. Ni aún los reconocidamente más
dignos y fieles sacerdotes, han marcado, en su vida, una trayectoria
uniformemente ascendente e impecable; sino un itinerario en el que se
entremezclan el entusiasmo y el cansancio; avances y detenciones; logros
y debilidades; firmezas y titubeos; aumentos y disminuciones;
exaltaciones y crisis. Algunos sucumben en las crisis; los más las
supe-ran. La vida humana es camino; y en él no faltarán, sin duda,
paradas, bajones y aun tropiezos, que muchos aprovechan para subir más
alto. El Santo cura de Ars las sufrió en alto grado. San Agustín de
Hipona, ya obispo, no tuvo reparo en confesar abiertamente, ante sus
fieles, sus debilidades: “Cualquiera que esté al frente de vosotros,
¿qué es sino lo mismo que vosotros? Lleva el peso de la carne, es
mortal, come, duerme, se levanta; nació, morirá. Si piensas lo que es en
sí mismo, verás que es un hombre. Tú, honrándolo un poco más, en cierto
modo cubres lo que está enfermo” (sermón 46,6).
No es justo, ni saludable “angelizar” al sacerdote. Creo imprecisa y
propicia a la confusión, la frase leída en un escrito de buena voluntad:
“el sacerdote no tiene sexo”. Todos los seres humanos somos seres
“sexuados”. También el sacerdote vive en sí mismo la confrontación entre
las dos dimensiones que constituyen la condición humana: La dimensión
instintivo-erótico-emocional, que reclama la satisfacción de las propias
apetencias, y la dimensión racional-afectiva- espiritual, que apunta más
alto y goza en la entrega, la donación y el servicio. La primera es
automática; la segunda necesita cultivo, vigilancia y señorío de sí
mismo. Tal confrontación fue siempre el “talón de Aquiles”, tanto para
la fidelidad matrimonial como para la fidelidad sacerdotal.
La nobleza de un ser humano no está en la total ausencia de errores y
debilidades, en su camino; sino en su fidelidad al mismo, sin perder de
vista la meta. Benedicto XVI apremia a los sacerdotes, en este “Año
Sacerdotal”, a cultivar, potenciar y revitalizar esmeradamente su
vocación, en la compenetración , más y más estrecha, con el Maestro del
Amor, y en una cuidadosa formación permanente y vida de oración. Un Año
especial, así mismo, para que todos los fieles se unan en sentida
plegaria por sus sacerdotes.
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