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La Verónica

La Verónica no
aparece en los Evangelios. No se menciona este nombre, aunque se citan
los nombres de diversas mujeres que aparecen junto a Jesús. Por tanto,
puede ser que este nombre exprese más bien lo que esa mujer hizo. En
efecto, según la tradición, en el camino del Calvario una mujer se abrió
paso entre los soldados que escoltaban a Jesús y enjugó con un velo el
sudor y la sangre del rostro del Señor. Aquel rostro quedó impreso en el
velo; un reflejo fiel, un «verdadero icono». A eso se referiría el
nombre mismo de Verónica. Si es así, este nombre, que ha hecho memorable
el gesto de aquella mujer, expresa al mismo tiempo la más profunda
verdad sobre ella.
Un día, ante la crítica de los presentes, Jesús defendió a una mujer
pecadora que había derramado aceite perfumado sobre sus pies y los había
enjugado con sus cabellos. A la objeción que se le hizo en aquella
circunstancia, respondió: «¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una
obra buena ha hecho conmigo (...). Al derramar este ungüento sobre mi
cuerpo, lo ha hecho en vista de mi sepultura» (Mt 26,10.12). Las mismas
palabras podrían aplicarse también a la Verónica. Se manifiesta así la
profunda elocuencia de este episodio. El Redentor del mundo da a
Verónica una imagen auténtica de su rostro.
El velo, sobre el que queda impreso el rostro de Cristo, es un mensaje
para nosotros. En cierto modo nos dice: He aquí cómo todo acto bueno,
todo gesto de verdadero amor hacia el prójimo aumenta en quien lo
realiza la semejanza con el Redentor del mundo.
Los actos de amor no pasan. Cualquier gesto de bondad, de comprensión y
de servicio deja en el corazón del hombre una señal indeleble, que lo
asemeja un poco más a Aquél que «se despojó de sí mismo tomando
condición de siervo» (Flp 2,7). Así se forma la identidad, el verdadero
nombre del ser humano.
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