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La teología de los santos lugares
según San León el Grande

 

P. Iginio Greco s.d.b.

Los cristianos, al igual que los fieles de otras religiones, tienen sus lugares de peregrinación donde Dios se manifiesta de modo particular. Estos lugares se encuentran, sobre todo, en Palestina, de tal manera que esta tierra es conocida con el nombre de Tierra Santa. De aquí que todo fiel cristiano suspire por visitar estos santos lugares de nuestra redención. Esta aspiración aumenta a medida que crece nuestra fe. Tierra Santa forma parte, por tanto, del misterio de la salvación: situado, localizado y datado. Toda esta doctrina está presente en el espíritu del papa San León el Grande (440-461) al escribir una carta el 4 de febrero del 454 a Juvenal, Patriarca de Jerusalén, de tendencias monofisitas. Para San León los santos lugares de Tierra Santa ayudan a vivir la fe cristiana y se trasforman en lugares teológicos, ya que nos hablan de Cristo y de su vida en esta tierra. Los santos lugares contribuyen a vigorizar nuestra fe y ayudan a situar geográficamente nuestras creencias religiosas.
Los primeros peregrinos de Tierra Santa
La atracción por los santos lugares comienza muy pronto en el cristianismo. Los escritores eclesiásticos de Oriente nos hablan, por ejemplo, de un viaje a Jerusalén realizado por la supuesta mujer del emperador romano Claudio (41-54), la noble matrona romana Protónice. Estos escritores afirman que con motivo de esta visita, la influyente matrona habría localizado la verdadera cruz de Cristo, después de haber resucitado a un muerto. Este mismo milagro es atribuido por otros autores eclesiásticos a Santa Elena, madre del emperador Constantino.
Otro peregrino a los santos lugares de Jerusalén es San Ireneo (135 ó 140-202), quien nos habla de la "Iglesia de la Ciudad Madre de los ciudadanos de la Nueva Alianza". De esta misma época es Melitón de Sardes, quien visitó Tierra Santa para conocer mejor el canon de los libros del Antiguo Testamento. Por él conocemos que los cristianos habían cambiado el lugar de algunos recuerdos bíblicos; por ejemplo, el Gólgota era ya el "centro del mundo" en lugar del monte Moria. Hacia el año 250 llega a Jerusalén San Pionio, sacerdote y futuro mártir, quien nos habla de su visita "a la tierra de los judíos" y de su asombro ante el mar Muerto, en donde vio "agua que no permite a los animales de qué nutrirse, ni de qué vivir, y que hace emerger al hombre inmediatamente después de sumergido".
La visita a los santos lugares parece que estaba de moda entre los cristianos de los primeros siglos. Así vemos a Firmiliano, Obispo de Cesarea de Capadocia, escribir a San Cipriano de Cartago (año 236) una carta en la que cuenta cómo una dama, para hacerse notar, iba descalza sobre la nieve y "gritaba que tenía prisa por llegar a Judea y a Jerusalén". En el siglo III, Orígenes viajó a Tierra Santa para estudiar las diferentes localizaciones bíblicas y verificar si correspondían con las escritas en la Biblia.
Tierra Santa se puebla de monjes
A partir del siglo IV, que coincide con la paz religiosa de Constantino, la atracción por los santos lugares se hace más fuerte. Influyeron en este fenómeno los relatos de la vida de los primeros monjes. Así, la Vida de San Antonio se convirtió en un verdadero "best seller" en Occidente. El desierto de Judá se pobló de monjes, eremitas, colonias de anacoretas y cenobitas, población monástica numerosa y pintoresca.
Del mundo griego se instalaron en Tierra Santa famosos monjes: Eutimio (377-473), Teoctisto (+467), Sabas (439-532) y otros que dieron vida al desierto de Judá, en donde vivían a la manera de San Juan Bautista, su santo protector y modelo. También llegaron del mundo latino prestigiosos monjes que formaron colonias latinas; una se erigió sobre el monte de los Olivos, con Rufino (345-411), Melania la Anciana (+409) y Melania la Joven (383-440); otra segunda colonia se localiza en Belén, y tiene por personajes más representativos a San Jerónimo (340-420) con Paula (347-406), su hija Eustoquia (+419) y su nieta Paulina. Cuando llegó la peregrina Egeria a los santos lugares, a finales del siglo IV, encontró monjes en todos los santuarios.
¿Qué empujaba a estos peregrinos a visitar los santos lugares? No era fruto de una tendencia giróvaga, ni de un entusiasmo pasajero, sino de un deseo profundo de conocer la patria del Señor, de admirar los lugares santificados por su presencia en la tierra y de afianzar su fe de amar más y más a aquel quien, por amor, se hizo compañero nuestro de viaje y guía hacia la casa del Padre.
La teología de los santos lugares
Eran éstos los pensamientos que acariciaba San León el Grande, en cuya época visitar Tierra Santa era empresa difícil, reservada a un número limitado de cristianos. El Papa comprendía la importancia de la visita para la fe y santificación de los cristianos. Hay que tener en cuenta que San León fue defensor de la autenticidad humana de Jesucristo, de su vida terrena, de su pasión y de su obra redentora. Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre, como fue definido en los concilios ecuménicos de Nicea (325) y de Calcedonia (451).

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