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Padeció, murió y resucitó
A lo largo de
dos mil años se nos ha enseñado que Cristo se entregó por nosotros, para
nuestra salvación y para que ganemos la vida eterna. Allí está el
sustento de nuestra fe: creer en Dios Padre y en la entrega de su Hijo,
quien fue enviado por amor al mundo para su redención y salvación.
Durante el tiempo de Cuaresma que concluye, y la Semana Mayor que
antecede a la Pascua, la Iglesia nos invita a meditar sobre la vida,
pasión, muerte y resurrección de nuestro salvador Jesucristo.
Víctima inocente, Jesús padeció bajo el poder de Poncio Pilato. Fue
contado entre los malhechores, al ser crucificado junto a ellos y ser
sometido a la ignominiosa muerte de cruz. Sin embargo, esa cruz que era
destinada a lo más bajo de la sociedad, a lo que el mundo tenía por
despreciable, Cristo la hace gloriosa. Crucificado, muerto y sepultado,
desciende a los infiernos para arrebatarle a la muerte el poder que
tenía sobre los hombres, y resucita de entre los muertos para destruir
el reino de las tinieblas, y las tinieblas del mundo mismo. El esplendor
del Rey de la Gloria, Cristo Jesús el Señor, es tan grande que supera
toda la fuerza del pecado que tenía sometida a la humanidad.
Cristo Jesús nos ha abierto las puertas del cielo, con su gloriosa
resurrección y su gloriosa ascensión. Así como precedió a sus discípulos
en Galilea, del mismo modo nos precede en el Reino de Dios, que es la
Vida Eterna, cuya plenitud la hallamos en Cristo, camino, verdad y vida.
Por eso, a poco tiempo ya de la celebración de su Pascua, los cristianos
hemos de esforzarnos para conocer, por medio de las enseñanzas de la
Santa Madre Iglesia, al Padre y a su Enviado. Hemos de tener fe en que
se cumplirán todas las promesas de Dios, entregadas a nosotros por
Jesucristo mismo. Pero, sobre todo, adentrarnos en su pasión, muerte y
resurrección, acompañándolo en nuestros propios sufrimientos, tomando
nuestra cruz de cada día, y haciéndonos por Él, con Él y en Él, uno con
Cristo.
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