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Betania,
donde Jesús sentía la necesidad de una casa acogedora

  • Jesús sentía la necesidad de una casa acogedora y la encontró en Betania. Es cierto que vivía con sus discípulos, pero no era lo mismo el trato con sus discípulos que el trato con sus amigos de Betania. Para los primeros Jesús era el Maestro, mientras que para Lázaro, Marta y María era el amigo que buscaba a los amigos.

Pía Compagnoni - Jerusalén

Si leemos el Evangelio, poco a poco se llega a la conclusión de que la vida de Jesús comporta tres tiempos precisos: el primero es el tiempo que dedica al Padre, ya sea en el desierto, ya sea al anochecer sobre una montaña; el segundo es el que dedica a la gente, a la que habla en parábolas, ya sea a orillas del Lago, por los caminos de Tierra Santa, o en la explanada del Templo; el tercer tiempo es el que consagra a sus amigos de Betania: Lázaro, Marta y María, a quienes amaba con amor fraterno.
Jesús sentía la necesidad de una casa acogedora y la encontró en Betania. Es cierto que vivía con sus discípulos, pero no era lo mismo el trato con sus discípulos que el trato con sus amigos de Betania. Para los primeros Jesús era el Maestro, mientras que para Lázaro, Marta y María era el amigo que buscaba a los amigos. "Lázaro... nuestro amigo", leemos en el Evangelio de San Juan (11, 11). ¡Qué emocionante es este aspecto humano del Hijo de Dios! Con su llegada a Betania toda la casa se trasformaba en fiesta: ¡Volver a ver a Jesús, participar en la misma mesa, poder llamarlo por su nombre, revelarse unos a otros! Este "revelarse" forma parte del amor fraterno y no tiene término, porque en el corazón del hombre queda algo de misterioso por descubrir y conocer en la persona amada.
Resulta un poco extraño que los tres amigos de Jesús no estuvieran casados. Puede ser que habían hecho una elección bien precisa: la del celibato. Es sabido que en tiempos de Jesús el celibato era norma de vida de algunas comunidades de judíos. En efecto, sabemos por el historiador Flavio Josefo que había unos 4000 judíos de tendencia esenia que observaban en el desierto de Judá el celibato.
En una ocasión, mientras cenaba Jesús con sus amigos, sucedió que «María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro, y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa se lleno de aquel perfume tan exquisito» (Jn 12, 3). El comportamiento de María manifiesta de modo elocuente el amor de amistad sin medida que tenía por Jesús. La lógica del amor es desconocer la medida, es darlo todo. Jesús permitió que María cumpliera con el rito de la amistad y la defendió frente a los comensales y en especial frente a Judas: «¡Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura» (Jn 12, 7).
Ahora se comprende porqué Jesús, antes de subir a los cielos, en el monte de los Olivos, quiso tener delante de sus ojos a Betania: "Después los llevó (a los apóstoles) fuera de la ciudad (Jerusalén) hasta un lugar cercano de Betania y, alzando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24, 50-51). La última mirada de Jesús fue hacia Betania, a la "casa acogedora y cálida de amor fraterno".

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