Voz del Pastor


Mons. José Luis Lacunza M. O.A.R.
Obispo de la Diócesis de David

Descubrir el Amor de Dios en la vida diaria

Cuentan que Santa Teresa de Jesús, visitando los monasterios de la reforma, un día encontró una monja que se le quejaba de que estaba en peores condiciones que el resto de la comunidad para vivir y expresar el amor a Dios ya que, en el reparto de las tareas comunitarias, a ella le había tocado el servicio de la cocina. No se quejaba de que la cocina fuera un lugar desagradable sino de que el trabajo era muy absorbente ya que, preparar el desayuno, lavar los cacharros, preparar la comida, lavar los cacharros, preparar la cena, lavar los cacharros, le ocupaba casi todo el día por lo que no tenía, como el resto de las hermanas, la oportunidad de pasar largos ratos de adoración ante el Santísimo, ni de estar en la celda dedicada a la lectura espiritual, etc. Teresa, que sabía mucho de lo divino y de lo humano, le contesto: «Hermana, entre las ollas también está Dios».

Quizá hemos hecho tanto hincapié en los tiempos sagrados, en los lugares sagrados, en los objetos sagrados, que hemos perdido de vista lo que Jesús le dijo a la samaritana cuando ésta le preguntó dónde había que adorar a Dios: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre [...] Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren» (Juan 4, 21, 23).

Evidentemente, no se trata ni de trivializarlo todo ni de sacralizarlo todo, sino de hacer que nuestra vida se mueva permanentemente en la órbita de Dios. No se trata de dedicarle a Dios pedacitos de nuestra vida, sino de vivir en una permanente presencia de Dios. Al estilo de Pablo, que decía: «y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2, 20). La misma Teresa de Ávila escribía: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero». En poema similar, su discípulo San Juan de la Cruz decía:

«En mí yo no vivo ya, / y sin Dios vivir no puedo, / pues sin él, y sin mí quedo, / ¿este vivir qué será? / mil muertes se me hará, / pues mi misma vida espero, / muriendo, porque no muero».

Es un axioma repetido hasta la saciedad que la santidad no es hacer cosas extraordinarias sino hacer las cosas ordinarias de forma extraordinaria. Partiendo de ahí, hemos de deducir que la vida cristiana, aunque tenga tiempos o espacios para lo sagrado, no puede quedar reducida a ellos, so pena de quedar convertidos en personas con «cara de viernes santo y hechos de carnaval». Y eso es lo que con tanta claridad denunció el Concilio Vaticano II: «el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 43).

Sí, no resulta muy difícil sentirse lleno del amor de Dios en momentos o circunstancias de experiencias religiosas; tampoco resulta difícil sentirse amado por Dios cuando las cosas nos salen bien; ni es complicado reconocer a Dios en las personas que amamos o nos aman. Pero, ¿qué pasa cuando bajamos del Tabor a las llanuras de lo ordinario? ¿Qué pasa cuando la fortuna o la salud nos vuelven la espalda? ¿Qué pasa cuando nos topamos con quien no nos quiere, o quiere mal, o discrepa de nuestros criterios? En buen panameño, decimos que ahí « la puerca tuerce el rabo» y la fe se nos convierte en mueca.

¿Dónde está la raíz del problema? Suele sobreentenderse que, en ese « divorcio », el problema no está principalmente « del lado de la fe », sino « del lado de la vida » y, en consecuencia se propone como remedio una exhortación moral para que los cristianos asuman en su vida, de un modo más activo y esforzado, sus responsabilidades en el mundo, en coherencia con la fe que ya tienen.

Aunque la respuesta tenga gran parte de verdad, resulta algo unilateral y deja oculto un aspecto fundamental del problema. Es cierto que los creyentes sufren siempre la tentación de reducir su fe a un legalismo o un ritualismo, lo cual ya era denunciado y condenado por los profetas del Antiguo Testamento. Y recordemos las diatribas de Jesús a los fariseos por su « hipocresía ».

Sin embargo, podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿puede haber un divorcio real entre la verdadera fe cristiana y la verdadera vida cristiana? Si la fe no se concibe de un modo meramente intelectualista, como una aceptación de verdades doctrinales, sino en toda su profundidad, como una adhesión radical del creyente a Dios, quien se revela a Sí mismo en Jesucristo, se concluye fácilmente que esa virtud teologal, la fe, si está viva, no puede dejar de ir acompañada por las otras dos virtudes teologales: la esperanza y la caridad (o amor cristiano). Y, a su vez, el amor cristiano no es tal si no se manifiesta en obras buenas. Por consiguiente, la fe cristiana auténtica produce necesariamente frutos de justicia y santidad.

¿A dónde llegamos? A invertir la presentación anterior del grave problema del divorcio entre la fe y la vida diaria, poniendo la raíz del mismo «del lado de la fe», más que «del lado de la vida»: la causa primera de ese «divorcio» es una falta de fe, que se manifiesta en la vida. ¡Es nuestra vida la que puede separarse de la fe verdadera y no al revés!

Si el creyente se aleja del centro del que mana la vida de la gracia divina, que es aceptada por medio de la fe, esa vida se empobrece y debilita en el alma y en sus expresiones concretas en la vida cotidiana. Por eso el remedio es, en esencia, simple: volver a Jesucristo, con la fuerza del Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Cristo mismo es la Vida y ha venido a traernos vida en abundancia. Si permanecemos unidos a Cristo, en la fe, la esperanza y el amor, daremos mucho fruto (cf. Juan 15,5). En palabras de Aparecida, que cita textos del Beato Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI: «A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DA 14).

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