Voz del Pastor


Monseñor Oscar Mario Brown J.
Obispo de la Diócesis de Santiago

Deus Caritas Est, la carta encíclica sobre el amor cristiano (III)

Hemos iniciado este estudio examinado la relación de diferencia y unidad entre “eros” y “agape”. Y veíamos que el primero designa el amor posesivo o amor de concupiscencia, mientras que el segundo se refiere al amor oblativo o amor de benevolencia.

Cabe preguntarse si se trata de dos realidades contrapuestas, cotos cerrados, compartimentos estancos, polos irreconciliables o, más bien, vasos comunicantes cobijados bajo el único concepto del amor. ¿Qué dice la común experiencia humana sobre esto? Y ¿Qué enseña la Biblia y la tradición cristiana al respecto?

Veíamos que el eros es una especie de éxtasis o locura divina que saca al hombre de su limitación y lo eleva hacia lo divino, haciéndolo saborear una dicha que supera toda otra experiencia finita. Hay una cierta relación entre el amor y lo divino: El amor promete el infinito, pero esta meta no se alcanza doblegándose simplemente ante el instinto carnal. El eros ebrio e indisciplinado debe madurar y aprender a renunciar. Esto se logra cuando se supera cualquiera dicotomía entre cuerpo y alma en la percepción del hombre, pues “ni la carne, ni el espíritu aman: es el hombre (entero), la persona, la que ama como creatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma” (DCE 5).

Para tratar de describir este camino de elevación y purificación del amor humano es útil interpelar al Cantar de los Cantares. En él se alude al amor con dos términos diferentes. Primero se le denomina “dodim”, plural que describe un amor inseguro, que no acaba de encontrar su objetivo. Pero luego se emplea la palabra “ajabá”, que la Septuaginta traduce como “agape”, que describe un amor que ha llegado a descubrir efectivamente al otro, un amor altruista, que ha superado el egoísmo de la fase previa. Este amor se ocupa en el bienestar del otro. Se preocupa por él. Por el bien del amado puede llegar a la renuncia y hasta el sacrificio. El éxtasis del amor significa salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la autoentrega. De este modo, se reencuentra consigo mismo y descubre a Dios. “El que quiera guardar su vida la perderá.; y el que la pierda la recuperará” (Lc 17: 33), afirma Jesús, describiendo su propio itinerario, que lo lleva de la cruz a la resurrección, como grano de trigo que al caer en la tierra y morir da fruto abundante. El misterio pascual de Jesucristo nos describe la esencia del amor y de la existencia humana en general.

Pero debemos volver al tema de nuestra encuesta original: ¿En la concepción cristiana del amor, hay algún antagonismo insuperable entre eros, el amor ascendente, posesivo y vehemente, y agape, el amor descendente y oblativo? Lo cierto es que si lleváramos este antagonismo al extremo estaríamos aislando la esencia del cristianismo de las relaciones vitales básicas de la existencia humana. Por eso debemos afirmar que, “en realidad, eros y agape- amor ascendente y amor descendente- nunca llegan a separarse completamente” (DCE 7). En el inicio el eros es, ante todo, vehemente, ascendente y está fascinado por la gran promesa de una felicidad sin límites, pero cuando la persona se le acerca al otro no puede seguir centrada en sí misma, sino abrirse a las necesidades y aspiraciones del otro, incluso, vivir para él. En esta sazón, el agape entra en comunión de vida con el eros inicial, por exigencia de su propia naturaleza oblativa.

“Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente, no puede dar únicamente…, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe, a su vez, recibirlo como don. Es cierto -como nos dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn7:37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19:34).

Algunos Padres de la Iglesia han visto en la escalera de Jacob (Gn 28: 10-22) un símbolo de la relación intrínseca entre ascenso y descenso “entre el eros que busca a Dios y el ágape que trasmite el don recibido” (DCE 7). En efecto, huyendo Jacob de la persecución de su hermano Esaú, se quedó dormido en un punto del camino hacia Jarán, y soñó con una escalera por la que subían y bajaban ángeles de Dios. Vio también al Señor, de pie, junto a él, que le reiteraba la promesa de darle a él y a su descendencia la tierra en que estaba. Al despertar llamó Betel o casa de Dios a aquel lugar.

El Papa Gregorio Magno ve aquí una imagen del pastor bueno, entregado a la contemplación, como único modo de captar y asumir como propias las necesidades ajenas. También cita el ejemplo de las experiencias místicas de Pablo (cf. 2 Co 12:2-4; 1 Co 9:22) y Moisés, como fuente de la que brota la eficacia de uno como apóstol y del otro como legislador de su pueblo.

En el evangelio de Juan se retoma el episodio, en el encuentro de Jesús con Natanael (cf. Jn 1:51). El Señor es presentado a Israel como el Templo vivo de Dios (Betel) y la escalera por la que ascienden a Dios las súplicas y alabanzas de los hombres, y por la que descienden a ellos las bendiciones de Dios. En él confluyen eros y agape, por su misterio pascual. En efecto, la pasión y muerte en cruz representan el éxtasis o arrebato que saca de la existencia cotidiana y eleva hacia la sublime dicha: el encuentro con Dios. Este es el movimiento ascendente o eros. Y el costado abierto del cual mana sangre y agua, el sacramento de la Iglesia y los siete ritos fundamentales para la vida del mundo, configuran el movimiento descendente o agape.

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