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Palabras de Monseñor José Luis Lacunza
Inauguración de la II Asamblea Nacional de Pastoral
(Panamá, Parroquia de San Lucas, 16 de enero de 2012)
En el año 1990, en Atalaya, se llevó a
cabo la I Asamblea Nacional de Pastoral. Mucha agua ha corrido debajo
del puente desde entonces. Y, de distintas maneras, hemos ido
convenciéndonos de lo que el Papa Pablo VI nos decía en la Evangelii
Nuntiandi: "La tarea de la evangelización de todos los hombres
constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y misión que los
cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más
urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia
de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar,
es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia,
reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo
en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa" (EN
14).
Fue el Beato Juan Pablo II, Papa, quien, en 1983, lanzó el llamado a la
"nueva evangelización" que, de una u otra forma, ha estado sonando en
nuestros oídos, aunque no siempre hayamos sabido acoger y renovar el
ardor, los métodos y las expresiones que ella requería.
En Aparecida, desde el propio tema "Discípulos y Misioneros de
Jesucristo para que en Él nuestros pueblos tengan vida", quedó claro que
la renovación de la Iglesia en el momento actual pasaba por la
reafirmación de su identidad discipular y misionera. Es decir: todo
católico, en cuanto bautizado, es un discípulo y un testigo de Jesús,
que ejercerá su vocación específica a partir de esa identidad común.
A partir de ahí, Aparecida nos convocará tanto a la conversión personal
como a la conversión pastoral, a fin de que tanto las personas como las
estructuras vivan y estén en función de su identidad. Y, como
consecuencia de ello, nos lanzará a una Misión Continental, no en
función de evento puntual, sino como actitud y acción permanente que
convierta nuestras comunidades cristianas no sólo en centros de
convocación sino en centros de irradiación del Evangelio.
Pero, con toda claridad, Aparecida nos advierte de que nada de lo
anterior será posible si no arrancamos de una renovación de nuestro amor
primero: "nos encontramos ante el desafío de revitalizar nuestro modo
de ser católico y nuestras opciones personales por el Señor, para que la
fe cristiana arraigue más profundamente en el corazón de las personas y
los pueblos latinoamericanos como acontecimiento fundante y encuentro
vivificante con Cristo" (DA 13). Y eso pasa por "“la gran tarea
de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a
los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están
llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (Ibid.). Se abre
paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias,
caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga por nuevas
turbulencias sociales y políticas, por la difusión de una cultura lejana
y hostil a la tradición cristiana, por la emergencia de variadas ofertas
religiosas que tratan de responder, a su manera, a la sed de Dios que
manifiestan nuestros pueblos" (DA 10).
Ante esa situación, "La Iglesia está llamada a repensar profundamente
y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas
circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente
a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes
pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa
de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de
confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en
nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con
Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto
de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que
encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y
misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una
América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del
Espíritu" (DA 11).
"No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a
bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de
devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las
verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos,
a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o
crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor
amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el
cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe
se va desgastando y degenerando en mezquindad” (8 RATZINGER, J.,
Situación actual de la fe y la teología. Conferencia pronunciada en el
Encuentro de Presidentes de Comisiones Episcopales de América Latina
para la doctrina de la fe, celebrado en Guadalajara, México, 1996.
Publicado en L'Osservatore Romano, el 1 de noviembre de 1996). A
todos nos toca recomenzar desde Cristo (Cf. NMI 28-29 ), reconociendo
que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran
idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que
da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”
(DCE 1) (DA 12).
En el año recién pasado, el Papa Benedicto XVI ha vuelto a poner sobre
el tapete el tema de la evangelización con tres acciones: la
convocatoria de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos, para octubre del 2012, con el tema "La nueva evangelización
para la transmisión de la fe cristiana"; la creación del Pontificio
Consejo para la Nueva Evangelización y la convocatoria de un Año de la
Fe que tendrá inicio el 11 de octubre de este año, con motivo de los 50
años de la inauguración del Concilio Vaticano II y los 20 de la
publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.
En el Motu Proprio "Porta Fidei", en el que convoca el Año de la Fe, nos
dice el Papa: "El Año de la fe es una invitación a una auténtica y
renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el
misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor
que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la
remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este
Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó
de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4)" (PF 6).
Y continúa: "El compromiso
misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento
cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece
cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica
como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el
corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto,
abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la
invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos.
Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El
santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta
manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza
de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus
numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la
verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin
igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios
encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad
para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in
crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre
como más grande porque tiene su origen en Dios."
(PF 7).
Hemos de recordar, además, que nuestra Iglesia Panameña está en los
albores del V Centenario de su fundación como primera Diócesis de Tierra
Firme del Continente Americano. Esta Asamblea es, pues, como el gran
pórtico de entrada o el gran preludio de las celebraciones de esta
Iglesia que nació bajo el amparo maternal de Santa María La Antigua.
En este contexto y con el objetivo de “Animar, agradecer y dinamizar
la vida de la Iglesia panameña, para que todos tengamos vida en Cristo”,
nos reunimos en esta II Asamblea Nacional de Pastoral. Nuestra Asamblea
quiere celebrar con gratitud la memoria histórica de la vida y la acción
pastoral de la Iglesia panameña; animar y fortalecer su espíritu
misionero frente a los desafíos del presente, y dinamizar hacia el
futuro su proyecto evangelizador.
Agradezco de corazón a todos los que, convocados por sus Obispos o en
representación de las distintas instancias eclesiales, se hacen
presentes en este nuevo "cenáculo" en el que, "reunidos en oración con
María, la Madre del Señor", esperamos la luz y la fuerza del Espíritu
que nos lance a ser testigos coherentes y valientes del Señor, para que
todos en Él tengan vida.
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