S.E. Mons. José Luis Lacunza, Obispo de David y Presidente de la C.E.P.,
Mensaje final de la II Asamblea Nacional de Pastoral

(Panamá, Parroquia de San Lucas, 16 de enero de 2012)

Una Iglesia al estilo de María

Desde que iniciamos la Asamblea, de una u otra manera, María ha estado con nosotros y entre nosotros: en nuestras oraciones, en su imagen, en nuestras alusiones al V Centenario de nuestra Iglesia... Hoy, clausuramos la Asamblea celebrando la Eucaristía en su memoria, poniendo así nuestros trabajos, nuestras proyecciones, nuestro caminar en sus manos maternales, con la confianza de quienes saben que, por ser Madre de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, lo es también de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo.

Para los que creemos en Cristo, María no es un elemento ornamental de nuestra fe ni tampoco un accesorio devocional. Aparte de que María es parte integral de nuestra fe (la Iglesia ha proclamado cuatro dogmas de fe en torno a María: su maternidad divina, su maternidad virginal, su concepción inmaculada, su asunción en cuerpo y alma a los cielos), Ella es también la garantía de nuestra fe cristológica, porque si es falsa la madre, es falso el hijo; y, si es falso el hijo, es falso todo, su muerte, su resurrección, la remisión de los pecados, los sacramentos, la Iglesia. Sí, quita a María y ¿en qué queda Cristo? Dios, en su designio amoroso, quiso redimirnos a través de su Hijo hecho hombre, por obra y gracia del Espíritu Santo, en el seno virginal de María y, de ese modo, María ha quedado vinculada indisolublemente a la obra de la redención. "Con ella, - nos dice Aparecida - providencialmente unida a la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), llega a cumplimiento la esperanza de los pobres y el deseo de salvación. La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañado a su hijo hasta su sacrificio definitivo". Pero no terminó ahí. Sigue Aparecida: "Desde la cruz – como lo hemos escuchado en el Evangelio - Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27). Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (cf. Hch. 1, 13-14), cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo con los hermanos" (DA 267).

Muchas veces, una desenfocada visión de la espiritualidad mariana la ha teñido de un sentimentalismo barato y alienante. Nada más lejos de lo que la fe de la Iglesia proclama y enseña. Me remito de nuevo a Aparecida que la proclama "La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de “hijos en el Hijo”" y "la discípula más perfecta del Señor" por su fe, por su obediencia a la voluntad del Padre y por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (DA 266).

Una mirada atenta al Evangelio nos descubre "su figura de mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo" que ha vivido "por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la Alianza" (DA 266).

Cuando buscamos el rostro de la Iglesia panameña, de cara a nuestra identidad discipular y misionera, nos viene bien mirarnos en el espejo de María. Por un lado, porque Ella, por su fe, es el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo y es la colaboradora eficaz en el crecimiento de la fe de los discípulos, como muestra el episodio de Caná de Galilea.

Por otro lado, ya lo afirmaba el Documento de Puebla, "como en la familia humana, la Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien confiere “alma” y ternura a la convivencia familiar" (DP 295). La Iglesia, como María y al estilo de María, es Madre "artífice de comunión", imán de multitudes atraídas a la comunión con Jesús y, sin duda alguna "el mejor remedio para una Iglesia meramente funcional o burocrática" (DA 268). ¿Hay alguna madre que ponga trabas de horarios y aun necesidades ante la necesidad de su hijo? ¿Hay alguna madre que se quede tranquila en casa sabiendo a sus hijos perdidos o descarriados? En ese sentido, me encanta la interpretación - comentario que hace Aparecida del episodio de las bodas de Caná: "Con los ojos puestos en sus hijos y en sus necesidades, como en Caná de Galilea, María ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además, cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, “se sientan como en su casa”. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado. En nuestras comunidades, su fuerte presencia ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en “casa y escuela de la comunión”, y en espacio espiritual que prepara para la misión" (DA 272).

Pero, además, "María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América" (DA 269). ¿Qué otra cosa vamos a celebrar el año próximo, en el V Centenario de nuestra Iglesia, sino la llegada de Jesús y su Evangelio a nuestra tierra istmeña en el regazo de la Madre "Santa María La Antigua"? Y ¿no la vemos presidir en multitud de capillas y advocaciones la vida de nuestros pueblos? ¿No es ese el mejor testimonio de la presencia cercana de María a la gente y de la fe y confianza que las gentes sienten por ella? Sin duda, como señala Aparecida "Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y  hermana" (DA 269).

Como decía el Papa Benedicto XVI, en sus palabras al finalizar el rezo del santo Rosario en la víspera de inaugurar la conferencia de Aparecida: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirnos en primer lugar: Permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde lo alto”. Sí, Ella brilla ante nuestros ojos como el icono más perfecto y fiel del discípulo del Señor, porque Ella es la "seguidora más radical de Cristo" (DA 270)

Ella, que “conservaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51), nos enseña el primado de la escucha de la Palabra en la vida del discípulo y misionero. En la Encíclica "Deus charitas est" el Papa Benedicto XVI nos recuerda que El Magnificat “está enteramente tejido por los hilos de la Sagrada Escritura, los hilos tomados de la Palabra de Dios. Así se revela que en Ella [en María] la Palabra de Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer junto con Dios. Estando íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, Ella puede llegar a ser madre de la Palabra encarnada” (DCE 41). San Agustín decía que María había engendrado al Hijo de Dios en su seno porque primero lo había acogido por la fe en su corazón
(Sermón 293,1). Ahí se nos da a entender lo que implica el primado de la escucha de la Palabra de Dios en la vida del discípulo y misionero y el por qué Aparecida haya insistido en "la animación bíblica de la pastoral" (DA 248). Y si bien la maternidad divina es un don exclusivo e irrepetible de María, todos podemos y debemos imitarla en la acogida por la fe del Hijo de Dios. Y no cabe la menor duda de que el rezo del Rosario facilita esta familiaridad con el misterio de Jesús, ya que en él: “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor", además de que "mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor” (DA 271).

En la Carta Apostólica "Porta Fidei", el Papa Benedicto XVI nos resume así la fe y la vida de María: "Por la fe, Maria acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf.Hch 1, 14; 2, 1-4)". Todo un proyecto de vida para quienes queremos seguir y anunciar a Jesús.

Que María, la Madre, nos proteja. Que María, la Discípula, nos enseñe. Que María, la Misionera, nos envíe.

¡¡¡Santa María La Antigua, ruega por nosotros!!!

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