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Homilía de S.E. Mons. Andrés Carrascosa
Coso, Nuncio Apostólico,
en la Celebración de Apertura de la II Asamblea Nacional de Pastoral
(Panamá, Parroquia de San Lucas, 13 de enero
de 2012)
Excelentísimos y queridos
hermanos en el Episcopado
Queridos hermanos en el sacerdocio y en el diaconado
Queridos religiosos y religiosas
Queridos hermanos y hermanas todos en el Señor:
Agradezco sinceramente la invitación a presidir, como representante del
Santo Padre, esta Celebración de apertura de la II Asamblea Nacional de
Pastoral.
Se trata de un tiempo de gracia que el Señor regala a su Iglesia que
peregrina en Panamá, para que, a la luz de la Presencia de Cristo
Resucitado presente en medio de los suyos, reflexione sobre su fidelidad
a la llamada a ser discípulos y sobre su misión de llevar la buena
noticia del Evangelio a todos los ambientes, iluminándolos con su Luz e
impregnándolos con su estilo de vida, que es el Amor. Tenemos el desafío
de “escuchar lo que el Espíritu dice hoy a la Iglesia” (cfr Ap. 2).
No es difícil descubrir que este tiempo de gracia, este “kairós” está
presentándonos la misma melodía en distintos tonos. Se trata de la
centralidad del encuentro con Jesucristo.
El Documento de Aparecida nos dice que “conocer
a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y
transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al
llamarnos y elegirnos, nos ha confiado”
(DA 18).
Desde el comienzo
de su ministerio como Sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI ha
recordado siempre la exigencia de redescubrir el camino de la fe para
iluminar, de manera cada vez más clara, la alegría y el entusiasmo
renovado del encuentro con Cristo, tema que ahora afronta al convocar a
toda la Iglesia a celebrar el Año de la Fe, con indicaciones concretas
que coinciden, muchas de ellas, con líneas trazadas en Aparecida.
En el mensaje que Su Santidad
Benedicto XVI ha enviado con ocasión de esta celebración, el Papa “les
anima a plantear líneas concretas de acción pastoral que permitan
redescubrir el camino de la fe y la alegría del encuentro con Cristo”.
Acabamos de celebrar el tiempo navideño. Hemos visto como el encuentro
con Jesús, que es Camino, Verdad y Vida, a los Magos de Oriente, que
estaban en búsqueda viniendo de lejos, les cambió la orientación de su
vida. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo necesitan ese encuentro
con el Señor. Buscan la verdad, ansían una vida verdadera, tienen
necesidad de encontrar el camino, pero ¿qué es lo que encuentran?
También nosotros debemos preguntarnos: ¿Hemos descubierto verdaderamente
a Cristo, que es el Camino? ¿Hemos descubierto a Cristo, que es la
Verdad? ¿Hemos descubierto a Cristo, que es la Vida? Nuestra manera de
comportarnos en la vida ordinaria nos dará la respuesta. Ya San Agustín
se preguntaba: “¿Cómo puedes amar a Dios, si aún amas lo que odia
Dios?”.
Y es que sólo desde la experiencia gozosa del encuentro con la persona
viva de Jesucristo se puede –y cito de nuevo el mensaje de Benedicto XVI-
“asumir la hermosa tarea de proclamar el Evangelio de la salvación y,
a su luz, construir una sociedad fraterna y solidaria, en un clima de
mutua colaboración y búsqueda infatigable del bien común”.
El Documento de Aparecida nos dice que “¡Necesitamos salir al
encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos
para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha
llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de
esperanza!” (DA 548).
El Papa nos recuerda en la Carta Apostólica “Porta Fidei”, con la que
convoca el “Año de la Fe” que “sucede
hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las
consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al
mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de
la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal,
sino que incluso con frecuencia es negado”.
Para que el compromiso cristiano pueda ser creíble e incluso eficaz en
la vida social debe encontrar sus raíces en la experiencia del encuentro
con Cristo en la fe, y esa fe tiene necesidad de ser siempre vivificada:
“Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.
Permítanme compartir con ustedes en voz alta algunas reflexiones que
llevo en el corazón:
* Un día en África, hace cuatro años, tras una celebración
entusiasmante y multitudinaria, el Cardenal Ivan Dias me dijo: “Lo
importante no es el entusiasmo, que puede ser pasajero, sino las raíces
de la fe. Pregúntate qué pasaría, cómo reaccionaría toda esa multitud si
hubiese, por ejemplo, una persecución por la fe. Si la vida cristiana no
tiene raíces, la fe puede no durar”. Y, más allá de lo que manifiestan
ciertos momentos, bellos y extraordinarios, que todos vivimos a lo largo
del año, creo que la Iglesia en Panamá debe vivir la “nueva
evangelización” como una búsqueda de profundizar las raíces de la propia
fe.
* Es siempre provechoso cuestionarnos sobre el nivel de nuestra
coherencia entre la fe que profesamos y la vida que vivimos. En nuestra
sociedad, e incluso en nuestra Iglesia, sobran ideas brillantes; lo que
faltan son vidas atractivas. Nuestros contemporáneos están cansados de
palabras, que vuelan, mientras que están sedientos de hechos, de
ejemplos, que arrastran. Quien se mantiene fiel al Evangelio, con una
propuesta clara y sencilla, tiene el atractivo de la coherencia. A veces
me pregunto si un extranjero que no conociese nada de nuestro país, al
aterrizar entre nosotros descubriría, viendo nuestro comportamiento, que
somos discípulos de Cristo, el que amó hasta el extremo, el que vino no
a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos. El
riesgo es que asista, sí, a momentos de devociones religiosas, pero que
observe al mismo tiempo, y sin que se note una gran preocupación por
ello, comportamientos que contradicen lo que se profesa.
* Siempre me ha impresionado pensar que nadie genera una vida para
dejarla morir. Muchas veces pienso en tantas personas que han estado
entre nosotros y que se han perdido durante el camino. Creo que como
Iglesia tenemos todos la responsabilidad de volver a retomar el
contacto con ellos, visitarlos, interesarnos por su vida y sus problemas
y ofrecerles el calor de una cercanía no sólo humana sino también
espiritual. Estoy convencido de que, si bien algunos habrán decidido
tomar otro camino, muchos nos agradecerían ese gesto y lo aprovecharían
para retomar un contacto con Jesucristo más vital y que llene su corazón
de alegría y esperanza.
Queridos hermanos y hermanas:
Pido al Señor en esta Eucaristía que derrame abundantemente su Espíritu
sobre la Iglesia que peregrina en Panamá, ese Espíritu que nos da la Paz
de Cristo Resucitado, que nos envía con su fuerza a ser testigos
creíbles del Evangelio con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestra
vida, ese Espíritu que, de la diversidad de los que componemos la
Iglesia, es capaz de hacer por el Amor un solo Cuerpo, el Cuerpo de
Cristo.
Pido al Señor que ilumine a todos y cada uno de los participantes en
esta Asamblea Nacional de Pastoral y que les asista en sus trabajos al
servicio de la Iglesia. Que nos ayude a comprender lo que tenemos que
hacer y nos dé la fuerza necesaria para ponerlo en práctica.
Y, como hijos de la misma Madre, Nuestra Señora Santa María la Antigua,
ponemos a sus pies y encomendamos a su intercesión cuanto llevamos en el
corazón.
Que Dios les bendiga!
Mons. Andrés Carrascosa Coso
Nuncio
Apostólico
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