Homilía de S.E. Mons. Mons. Audilio Aguilar Aguilar, Obispo de Colón Kuna Yala
en la Celebración de la II Asamblea Nacional de Pastoral

(Panamá, Parroquia de San Lucas, 16 de enero de 2012)

Una Iglesia al estilo de María

1. La liturgia de este domingo nos pone frente al misterio de la vocación, que como sabemos, no se da por méritos propios o por cualidades humanas, sino que brota únicamente de la gran misericordia de Dios. Ese encuentro con Jesús que nos narra el evangelio, nos lleva a entender la necesidad del testimonio, de quien es atraído por su persona, y que necesariamente lleva a manifestar como contagio, la alegría de estar con El, e invitar a otros a contagiarse de ese gozo, de esa pertenencia como un misterio, que lleva a quien lo descubre, la felicidad de vivir  con Dios.

De allí entonces, la importancia del testigo. La Iglesia la forman los testigos, que presentan a Jesús como el Salvador, y buscan que otros se encuentren con El; y esto no como imposición, sino con convicción. El verdadero testigo tiene una madurez espiritual a ejemplo de ElÍ con Samuel, y del Bautista con sus dos discípulos, que les llevaron a descubrir la grandeza de vivir la experiencia de Dios. El verdadero testigo no se queda con el discípulo, lo lleva a encontrarse con el Señor.

Para ser testigo es necesario haberse encontrado con el Señor y no vivir de apariencia; por el contrario, teniendo una profunda mirada de fe sobre la realidad. Dar testimonio, es mostrar a los otros esa mirada, que de antemano ya ha  cambiado nuestra vida. Eso supone haber entrado en la dinámica de la comunión con el Señor, una comunión que puede ser expresada como el “Estar con él” que fue la experiencia de los discípulos del Bautista “se fueron con el, vieron donde vivía y pasaron aquel día con él”.

El proyecto original y perfecto de Dios para con la Iglesia, es aquel que se nos manifestó plenamente en Jesucristo. Nos ha sido entregado como precioso don de Dios Padre, que brota del costado abierto de Cristo en la Cruz y se consolida y crece bajo la acción del Espíritu. Esa misma fidelidad al Espíritu exige de la Iglesia un esfuerzo continuo de renovación y creatividad pastoral.

Quiere nuestra Iglesia, inspirada en el Evangelio, como lo dice el Concilio Vaticano II, ser «germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación» (LG, 9) para todo nuestro pueblo. Porque la Iglesia, está integrada por hombres y mujeres de nuestro pueblo que, trabajan y sirven a esta tierra, participando de las alegrías, los avances, y dificultades que experimenta toda sociedad.

Nuestra ilusión debe ser, servir mejor a nuestro pueblo: a su felicidad, a su crecimiento moral y espiritual, a su progreso, ayudándole a descubrir a ese Dios que es Padre y como consecuencia a descubrir su gran amor.

2. La Iglesia la formamos esa parte de nuestra población que cree en Dios y que se siente, de algún modo, unida a la comunidad de creyentes católicos.

Esta pertenencia a la Iglesia Católica, es manifestada por los numerosos fieles que asisten semanalmente a los templos y que se sienten identificados con ella.

Un elemento importante de los que formamos parte de la Iglesia es el elemento de la comunión, el Apóstol Juan en su primera carta nos dice: “… lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo… Si decimos que estamos en comunión con El, y caminamos en tinieblas mentimos y no obramos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como El mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros…” (1Jn 1, 3. 6-7)

“Así pues, la copropiedad de los primeros cristianos es el misterio de Cristo que les ha sido anunciado, y al que reconocen como la verdad, acerca del camino y el destino del hombre: él entra de este modo en comunicación directa con la presencia de Dios que ha intervenido en la historia, intervención que cambia el ser del hombre, libremente envuelto y transformado por esa presencia”. (L Giussani Porque la Iglesia).

Por consiguiente, estamos envueltos en el misterio de la gracia y de allí debe brotar nuestra comunión con el Papa, con los obispos y con todos aquellos que se sienten orgullosos de pertenecer a esta Iglesia Católica.

Nuestra Iglesia panameña no puede tener otra intención que la de seguir la misma ruta de Cristo, que es el mismo ayer hoy y siempre, buscando todas las posibilidades, hasta que llegue a su plenitud que es la unión con Dios.

Nuestra asamblea nacional de pastoral tiene que ser una celebración que proclama nuestra fe en Jesucristo, como la gran noticia para cualquier hombre, por muy insignificante que se sienta.

3. La Iglesia tiene que ser, la Iglesia del diálogo, la Iglesia de la participación, la Iglesia del perdón, la Iglesia que sirve, una iglesia que busca ante todo la coherencia, el realismo y su capacidad de servicio con comprensión, y amor.

Nosotros como Iglesia tenemos que utilizar todos los espacios que tenemos para cumplir nuestra misión: que es llevar a todos los hombres la palabra de Dios, e iluminarlos  con ella. La Iglesia quiere anunciar, su fe a todos los hombres, aún a aquellos que viven al margen de Dios.

Una Iglesia misionera que escucha con renovado empeño la voz de su Maestro, que la envía a los confines de la tierra, a predicar a todos.

Esta misión exige de nosotros un esfuerzo por lograr una pastoral de conjunto,  fundamentada no en las solas fuerzas humanas, sino en el encuentro con el Señor en la oración. Esta misión la cumplimos con un estilo renovado y audaz de presencia entre los hombres y de acción pastoral, en unidad en la diversidad dentro del marco de la comunión y participación con responsabilidad.

Una Iglesia por tanto, que, con mirada limpia y corazón puro, pueda contemplar, de manera redentora, con los ojos de Dios, al mundo de los hombres y de las cosas, para llevarlos a su Verdad original.

Una Iglesia Encarnada: que comparta con su pueblo las luchas y los logros, las angustias y los gozos. Iglesia pobre, desprendida de poder, deseosa de servir, que pone su confianza en la acción renovadora del Espíritu.

Una Iglesia que con la libertad propia de los hijos de Dios se compromete en la edificación de la comunidad cristiana, en el seno de múltiples culturas, marcada por el signo y la presencia de la fe. Iglesia que quiere estar activamente presente en la realidad histórica de nuestro pueblo.

4. Como realidad humana y divina a un tiempo, la Iglesia debe renovarse continuamente por la superación del pecado y por una imitación de su Maestro y Señor, traduciendo para cada época y lugar el estilo pobre, cercano, amistoso, íntimo y exigente de Jesús, aportando a cada etapa de la historia, el dinamismo del amor y la esperanza en el triunfo definitivo del bien; porque el pecado, el mal y la muerte han sido vencidos por Cristo Resucitado.

Descubrimos así, en la escucha de la Palabra iluminadora del Evangelio, cuál es la Iglesia que Dios quiere, la que Jesucristo nos confió, la que en docilidad al Espíritu debe renovarse siempre para no dejar de cumplir su Misión aquí y ahora: anunciar a los hombres la Buena Noticia de Cristo Muerto y Resucitado.

En nuestros propósitos de conversión, pueden descubrir mejor todos los hombres y mujeres de buena voluntad el ser profundo, y las aspiraciones más altas de la Iglesia Católica, mucho más que en la mediocridad o el pecado. De allí entonces que la Esperanza Cristiana debe ser la norma inspiradora, pues ella es fuerza que engendra confianza y alegría.

En el mensaje del evangelio es constante la invitación a la conversión y esto porque es fácil dejarse seducir por el mundo con sus atractivos. Es más, podemos nosotros pensar que ya estamos convertidos y creer que estamos llamados a llevar a otros a la conversión, cuando estamos llenos de amor propio, criterios personales y prácticas que son de paganos. Todo el evangelio nos va a llevar a descubrir la necesidad de nuestra conversión, para poder llevar a los otros al encuentro con el  Señor.

Podemos creer que lo que necesitamos es cambio de estructuras, es cambio en los demás y quizás en quienes son responsables de la guía de la Iglesia pero el cambio es personal, la conversión es personal y es una respuesta a Dios  que tiene efectos para la persona y la comunidad.

En su reciente visita del  Santo Padre Benedicto XVI, a Alemania,  en un discurso a los católicos comprometidos con la Iglesia y la sociedad, invitaba a tener cuidado con la mundanización de la Iglesia, es decir,  que el bienestar y los criterios del mundo fueran los que guiaran a la iglesia y no el escándalo de la cruz.

En el mismo discurso pone de ejemplo el papa una pregunta que le hacen a la madre Teresa de Calcuta, le preguntan a ella “¿Qué tiene que cambiar en la Iglesia?, y ella responde: “usted y yo”, ciertamente en la Iglesia el cambio tiene que ser personal y así será como se llevará a cabo la transformación en la sociedad.

5. Como obispo de una porción del pueblo de Dios, la Diócesis de Colon – Kuna Yala tengo preocupaciones y retos que comparto con ustedes:

- La necesidad de la formación de nuestros laicos y agentes de pastoral.

- El aprovechamiento de la catequesis de los niños para enseñarles los valores de la vida y el respeto a los demás.

- La formación de nuestros jóvenes, ayudándoles a prepararse para un mejor servicio a la sociedad.

- El acompañamiento a las familias para que puedan cumplir su misión de Iglesia domestica.

- Una pastoral que lleve a resaltar el papel de la mujer y a lograr que  ellas descubran su rol en el cambio de la sociedad.

- El compromiso de nuestros fieles laicos de testimoniar con su comportamiento la presencia de Cristo en su vida, manifestado en la amabilidad, la decencia, la cortesía; virtudes muchas veces desaparecidas en nuestro entorno.

- Sentir la obligación de evangelizar a los alejados, quienes estuvieron en nuestra Iglesia y se fueron a otro grupo religioso y que posteriormente han terminado en la indiferencia.

-  El poco valor por la vida y por el ser humano.

- La poca preocupación por el desequilibrio ecológico, y la contaminación ambiental.

Como parte de esta Iglesia, todos debemos sentirnos  preocupados y unir fuerzas  para lograr cambios, ya que creo que toda esta problemática incide concretamente en la vida de todos  los habitantes de nuestra sociedad; muchas de ellas, reclaman posturas morales claras por parte de los creyentes.

6. Que nuestro trabajo sea fructuoso para el bien de nuestra Iglesia. Que nuestras conclusiones ayuden a mostrar el rostro renovado de una Iglesia que trasluce el rostro de  Jesucristo; y que lleve a muchos a encontrar en nuestras asambleas y templos la casa de la familia de los hijos de Dios que se preocupan por vivir en fidelidad la vida cristiana.

Nuestra mirada confiada, se vuelve hacia María, nuestra Señora de la Antigua. Queremos aprender de Ella, a mantener nuestro Sí, proclamando con fuerza nuestra esperanza.

Que así sea.

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