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Conocer e imitar a Don Bosco
Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.
Hemos iniciado la Novena en honor a Don Bosco. No basta con conocerlo o
invocarlo, es necesario imitar su vida y ejemplo para acercarnos más a
Dios. Recordemos algunos aspectos de su vida como estudiante y
sacerdote.
Cuando el joven Juan Bosco cumplió 16 años, se puso en camino hacia la
Ciudad de Chieri para iniciar sus estudios de bachillerato. La pobreza
en que vivía no le había permitido frecuentar una escuela. El camino lo
hizo a pie, no había otro medio. Le acompañó un amigo llamado Juan
Filippelo. Mientras caminaban por senderos y prados le contó muchas
cosas que había aprendido de su madre y de otras personas instruidas.
Llevaban dos horas de camino cuando se sentaron a descansar sin dejar de
narrar a su amigo lo que sabía. A un cierto punto, Filippelo lo
interrumpió y le dijo: ¿Juan, vas a estudiar y ya sabes tantas cosas?
¡Pronto llegarás a ser párroco! y Juan Bosco le respondió: “Párroco no,
seré sacerdote para los jóvenes, sacerdote educador”.
En Chieri debía pagar cierta cantidad de dinero, pero como no tenía un
centavo, recorre las aldeas pidiendo ayuda. Su educación y respeto por
las personas, hicieron que se ganara el aprecio de todos. Al realizar
diversos trabajos para pagarse sus estudios aprendió pastelería,
sastrería, ferretería, zapatería y muchos otros oficios. Se convirtió
también en ágil maestro de teatro, música y prestidigitación.
Al recibir la ordenación sacerdotal se convirtió en el sacerdote de
pueblo. Predicó en el campo y la ciudad, fue escritor de temas
religiosos, fundó seminarios, periódicos, tipografías y editoriales.
Favoreció a los jóvenes estudiantes con colecciones literarias y
lecturas amenas. Promovió entre los jóvenes todo lo que él había
aprendido de estudiante. Fundó obras asistenciales, escuelas, colegios,
oratorios, hospicios, y puso en práctica con gran éxito, el Sistema
Preventivo basado en la razón, la religión y el amor.
El Oratorio de Don Bosco se desarrolla como un espacio en donde los
niños y jóvenes podían aprender un oficio útil, asistir a los
sacramentos y tener un lugar para jugar sanamente con los amigos. Desde
el principio puso en el centro de su obra la figura de San Francisco de
Sales como modelo de amabilidad, dulzura y espiritualidad religiosa.
Visitaba las fábricas en donde trabajaban sus muchachos para garantizar
de que no fueran víctimas de explotación, buscaba trabajos dignos para
muchos de ellos para lo cual hacía que los empleadores firmaran con él
tratados que garantizaran los derechos de los muchachos anticipándose
así a la legislación laboral internacional. Planeaba retiros
espirituales para muchachos obreros y en 1847 elaboró el primer
reglamento del Oratorio.
Cuando su obra en los oratorios había alcanzado madurez, fundó la
Congregación Salesiana, las Hijas de María Auxiliadora y los
Cooperadores salesianos. Fue mediador político religioso entre el Estado
y la Iglesia, gran educador que supo intuir la presencia de una fuerte
sensibilidad en lo civil y lo político, en las clases más abiertas a la
sociedad.
Don Bosco veía en cada persona la imagen de Dios. Consideró a los
jóvenes como el mejor regalo que había recibido de Dios. Su obsesión era
salvar sus almas. El lema que escogió desde el inicio hasta el final de
su vida fue ”Da mihi animas cetera tolle”, es decir, dadme almas y
llévate los demás. Para él no era simplemente un slogan, era una
continua aspiración, una constante invocación, una perenne oración. Esta
expresión constituye la síntesis del “ser” de Don Bosco y la de su
actuar en todas sus proyecciones sociales, educativas y pastorales. Un
santo que dio su último aliento por los jóvenes, un pastor de almas
iniciador de una auténtica escuela de santidad.
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