Domingo III del Tiempo Ordinario

Primera lectura: Jonás 3,1-5.10
Los ninivitas se convirtieron de su mala vida.

Salmo 24
Señor, enséñame tus caminos.

Segunda lectura: 1Corintios 7, 29-31
La representación de este mundo se termina.

Evangelio: Marcos 1,14-20
Convertíos y creced en el Evangelio.

Ambientación litúrgica Mensaje Bíblico Compromiso

Veíamos que el profeta es hombre de Dios para anunciar al pueblo su mensaje. Ser profeta es estar siempre atentos a conocer la voluntad de Dios; “habla Señor que tu siervo escucha”(Is. 3) pero, escuchar a Dios, conocer su voluntad en función de llevarla a los hermanos. El profetismo tiene relación directa con el deseo del padre de que ninguno de sus hijos se pierda. El profeta, sale a llevar el mensaje, depende del corazón del hombre aceptar y cambiar o rechazar el mensaje y condenarse. Jonás ha predicado en Nínive, ciudad cargada de pecadores, a los pobladores les dice que hay que corregir el rumbo, al rey que debe gobernar pensando en el bien común; la respuesta del hombre fue la esperada, ofrecieron signos externos de su arrepentimiento interior; Dios al ver sus obras, su conversión de la mala vida, los perdonó. La conversión va acompañada de signos concretos de que estamos cambiando. No hay verdadera conversión sin arrepentimiento (Lucas 19).

En la versión de Marcos, la llamada de Jesús a ser discípulos, se da a orillas del lago de Galilea. En el gesto, podríamos ver que Jesús ha llegado al lugar de trabajo de estos hombres. Estaban arreglando sus redes y dejando todo lo siguieron. ¿Cómo hacer llegar a Jesús a nuestros actuales lugares de trabajo?, que se logre dar una invitación, tan convincente, y que el trabajador sea capaz, de empezar a seguirle (Mateo 9,9) La vocación es llamada de Dios a ser profetas. “Pescadores de hombres”. La respuesta del hombre pasa por la razón, la voluntad, la libertad. Los profetas no son marionetas de Dios, máquinas programadas, entes a control remoto; cada uno de los discípulos de Jesús ha podido, en libertad y uso de sus facultades, responder a la invitación a seguirle. Esta respuesta puede ser inmediata o puede postergarse, con la posibilidad de nunca concretarse. “Señor te seguiré…déjame ir primero…” ¡ese dejarlo para después, ha terminado con tantas vocaciones! (Marcos 10,17. 28-31).

Hemos encontrado al Mesías, fueron a decirle estos hermanos, a Zebedeo su padre. Lo dejaron todo y se fueron con Jesús. Hacer prioridades en la vida, es el comienzo de un verdadero discipulado. Mientras no tomes la decisión de “dejar” para “seguir”, no podrás crecer como verdadero discípulo. Te la pasarás en dos amores o en el peor de los casos, ya de viejo, lamentar no haber dado una respuesta a su debido tiempo. Realiza una lista de tus metas y proyectos para la vida. A corto plazo, en cinco años, qué esperas alcanzar en las diferentes áreas que componen tu persona. Concretiza prioridades que se abran a los demás; incluye en tu lista de “cosas que quieres hacer”: practicar la caridad, hacer buenas obras, predicar a Jesús en tu lugar de trabajo, con el ejemplo y la palabra oportuna. Hace unos días escuchamos el testimonio de un joven universitario, que además trabaja, y se fue de misionero a las montañas de Capira. ¿Cómo lo hace? Llenando su corazón de Dios. Teniendo prioridades claras.

Volver