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Veíamos que el profeta es
hombre de Dios para anunciar al pueblo su mensaje. Ser profeta
es estar siempre atentos a conocer la voluntad de Dios; “habla
Señor que tu siervo escucha”(Is. 3) pero, escuchar a Dios,
conocer su voluntad en función de llevarla a los hermanos. El
profetismo tiene relación directa con el deseo del padre de que
ninguno de sus hijos se pierda. El profeta, sale a llevar el
mensaje, depende del corazón del hombre aceptar y cambiar o
rechazar el mensaje y condenarse. Jonás ha predicado en Nínive,
ciudad cargada de pecadores, a los pobladores les dice que hay
que corregir el rumbo, al rey que debe gobernar pensando en el
bien común; la respuesta del hombre fue la esperada, ofrecieron
signos externos de su arrepentimiento interior; Dios al ver sus
obras, su conversión de la mala vida, los perdonó. La conversión
va acompañada de signos concretos de que estamos cambiando. No
hay verdadera conversión sin arrepentimiento (Lucas 19). |
En la versión de Marcos,
la llamada de Jesús a ser discípulos, se da a orillas del lago
de Galilea. En el gesto, podríamos ver que Jesús ha llegado al
lugar de trabajo de estos hombres. Estaban arreglando sus redes
y dejando todo lo siguieron. ¿Cómo hacer llegar a Jesús a
nuestros actuales lugares de trabajo?, que se logre dar una
invitación, tan convincente, y que el trabajador sea capaz, de
empezar a seguirle (Mateo 9,9) La vocación es llamada de Dios a
ser profetas. “Pescadores de hombres”. La respuesta del hombre
pasa por la razón, la voluntad, la libertad. Los profetas no son
marionetas de Dios, máquinas programadas, entes a control
remoto; cada uno de los discípulos de Jesús ha podido, en
libertad y uso de sus facultades, responder a la invitación a
seguirle. Esta respuesta puede ser inmediata o puede
postergarse, con la posibilidad de nunca concretarse. “Señor te
seguiré…déjame ir primero…” ¡ese dejarlo para después, ha
terminado con tantas vocaciones! (Marcos 10,17. 28-31). |
Hemos encontrado al
Mesías, fueron a decirle estos hermanos, a Zebedeo su padre. Lo
dejaron todo y se fueron con Jesús. Hacer prioridades en la
vida, es el comienzo de un verdadero discipulado. Mientras no
tomes la decisión de “dejar” para “seguir”, no podrás crecer
como verdadero discípulo. Te la pasarás en dos amores o en el
peor de los casos, ya de viejo, lamentar no haber dado una
respuesta a su debido tiempo. Realiza una lista de tus metas y
proyectos para la vida. A corto plazo, en cinco años, qué
esperas alcanzar en las diferentes áreas que componen tu
persona. Concretiza prioridades que se abran a los demás;
incluye en tu lista de “cosas que quieres hacer”: practicar la
caridad, hacer buenas obras, predicar a Jesús en tu lugar de
trabajo, con el ejemplo y la palabra oportuna. Hace unos días
escuchamos el testimonio de un joven universitario, que además
trabaja, y se fue de misionero a las montañas de Capira. ¿Cómo
lo hace? Llenando su corazón de Dios. Teniendo prioridades
claras. |