Voz del Pastor

Mons. Oscar M. Brown J.
Obispo de Santiago
El poder con rostro humano
“Yo no sé qué tiene el poder” – me comentaba hace
algunos años un taxista, en Madrid-, “pero todos los hombres quieren
mandar o dominar”. Esta misma intuición la tuvo siglos antes
Aristóteles, cuando afirmó que “todos los hombres quieren saber”, habida
cuenta que el saber da poder.
Las formas de saber son múltiples, pero todas confieren una cuota de
poder. El dominio de una ciencia, una destreza, un arte o cualquiera
actividad humana, confiere un señorío sobre esa parcela de la realidad,
que hace ineludible la pregunta sobre el ¿para qué?: ¿para qué quiero
este poder? Acaso, simplemente, ¿para mandar y dominar en beneficio
propio y de los míos?, o ¿para servir a todos?, como lo hace Dios, el
omnipotente, con su poder, que cuida amorosa-mente de todas sus
creaturas, con indefectible providencia.
De igual manera deberíamos proceder los hombres, con nuestra cuota de
poder, puesto que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sin
embargo, inclinados al mal, por la herida del pecado, aspiramos al poder
como fin egoísta y no medio altruista. Al absolutizarlo, lo convertimos
en un dios capaz de endiosarnos. He ahí la esencia del pecado. De este
engaño se vale el seductor para hacernos caer en la tentación.
Pero la participación en el misterio pascual de Jesucristo nos ha
liberado de esta esclavitud y capacitado para ejercer el poder, como
medio para servir a nuestros semejantes, como hace Dios. Así como el
Hijo del Hombre vino a servir, y a dar su vida por todos, y no a ser
servido (cf Mc 10:45), también sus discípulos deben hacer otro tanto.
La fe en el Evangelio comunica este poder, como lo hace patente el
mandato misionero con que concluye cada evangelio: Marcos da cima al
suyo describiendo algunas señales de poder que acompañarán a los que
crean, como arrojar demonios, en nombre de Jesús, hablar nuevas lenguas,
ser inmunes al daño de serpientes o venenos, y curar enfermos (cf Mc
16:17-18). Mateo señala que el creyente tendrá poder para hacer
discípulos de los pueblos y enseñarles a observar lo aprendido (cf Mt
28:18-20). En Lucas, el Señor envía a los discípulos, con la fuerza del
Espíritu, como testigos de su misterio pascual, para llamar a los
hombres a la conversión para el perdón de los pecados (cf Lc 24: 45-48;
Hch 1:8). En Juan, finalmente, los envía, de igual modo, a llamar a los
hombres a la fe en su misterio pascual y al bautismo para el perdón de
los pecados (cf Jn 20:21-23).
Conscientes de que el poder del Espíritu, que hace del cristiano otro
Cristo, es para servir al desarrollo integral de las personas y la
justicia, y no como pretexto para el egoísmo, los fieles cristianos no
deben contagiarse del espíritu del mundo, donde “los jefes de las
naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen
con su poder”. (Mt 20:25).
Y es que el ejercicio del poder, cualquier poder, por parte de los
hombres, si no está subordinado a la omnipotente soberanía de Dios,
fácilmente degenera en tiranía. Sólo un poder ejercido de esta forma
tiene un rostro auténticamente humano y, por lo tanto, cristiano y
divino. En efecto, Cristo es la imagen de Dios invisible (cf Col 1:15),
rostro humano de Dios y faz divina del hombre. Y éste, construido a
imagen y semejanza de Dios, debe crecer y multiplicarse, además de
cuidar y cultivar la creación, en nombre de Dios (cf Gn 1:26-28; Gn
2:5). Esto vale de un modo especial para el poder político.
Recuperada la democracia representativa en Panamá hace ya más de 21
años, urge ir convirtiéndola paulatinamente en una democracia, cada vez,
más participativa. Esto supone el compromiso de todos en la política
como búsqueda del bien común. Esto no puede reducirse a la emisión
responsable del sufragio a favor de los mejores candidatos y su honrado
escrutinio. Hay que abrirle cauces a la ciudadanía para que pueda
expresar su parecer pacíficamente frente a asuntos de su incumbencia,
por ejemplo, los cabildos municipales, provinciales y nacionales,
abiertos. Debe haber consultas populares efectivas, sin necesidad de
recurrir a costosos referéndums y, en todo caso, no aprobar leyes, luego
de consultas superficiales, realizadas en forma apresurada y sin el
beneficio del escrutinio por parte de una oposición vigilante y
responsable.
Es importante revitalizar el diálogo para la concertación nacional y
hacer vinculantes sus acuerdos para todos los participantes. De igual
manera, no se puede flaquear en la lucha contra la corrupción, que
impide el desarrollo integral y sostenible; ni contra la inseguridad, la
violencia, y el deterioro progresivo del medio ambiente. Siempre hemos
de pugnar por alcanzar mayor transparencia en los asuntos públicos y,
para ello, asegurar que no falten buenos mecanismos de fiscalización que
exijan a las autoridades rendir cuentas oportunamente al pueblo
soberano, fuente y origen del poder político.
En todo esto, no debemos olvidar que no es fácil ejercer el poder para
servir a toda la comunidad, siempre existirá la tentación de convertirlo
en ídolo insaciable. Por eso debemos orar por los gobernantes, como lo
recomienda el autor de I Tm 2:1-8. Pero, de igual manera, estos, como
Salomón, deben pedir a Dios, sabiduría y prudencia, para ejercer el
poder político con rostro auténticamente humano (cf 1R 3:4-9), es decir,
en aras del bien de toda la colectividad.
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