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Cuando la fiera herida sucumbe
Emilio Sinclair
Cuando hace un año tronaron los fuegos de artificios de la campaña
electoral, los aspirantes a diferentes cargos – como siempre -- se
volcaron a las calles apretando manos, besuqueando niños proletarios
famélicos y prometiendo mar, tierra y cielo.
Era la época de proliferar sus sonrisas, de hacerse graciosos y
desarrollar otros malabarismos para que disfrutara este pueblo escaso de
pan, pero sobregirado de diversiones.
El día de las elecciones las urnas se convirtieron en féretros, donde
varios aspirantes sepultaron sus ilusiones o ánforas donde otros fueron
premiados por el aval popular. Para unos la luna brilló con intensidad,
para otros fue un eclipse de pesadumbres
Repicó en el ambiente que un cambio daría al traste con los malestares
sociales que mantienen a la nación sumida en incertidumbre. Destellaron
esperanzas, iluminaron anhelos.
Terminadas las celebraciones del triunfo y recogidos los manteles de la
gran cena de gala, las fichas colocadas en puestos claves del Estado
empezaron a moverse en el ajedrez político, para demostrar cuán hábiles
son en la administración gubernamental. Hasta algunos adoptaron
posiciones estrambóticas, muy lejos de su personalidad natural, porque
en Panamá farolear es parte de nuestra idiosincrasia.
Pero en el sendero de esta vida, que no es un jardín de orquideas, se
encontraron con varios escollos que encendieron alertas advirtiendo que
gobernar no es fácil y que para timonear un país, que navega en un lago
infestado de pirañas, se requieren habilidades especiales que sobrepasan
las instrucciones del sencillo manual que reza sobre aquellas conductas
elementales que hay que preservar en el engranaje gubernamental. Algunos
olvidaron que la prudencia, especialmente en el hablar, es básica en la
preservación del carisma y que regañar en vez de persuadir, no es el
mejor ingrediente en la conducción de una nación.
Además, cuando se intenta justificar los males acusando a otros, el
aludido, con la dignidad herida, se convierte en insurgente que en
silencio aprovecha cada oportunidad para aguijonear la labor del
político y hábilmente, sin dejar huellas profundas que lo delaten, lo
acorrala emocionalmente hasta convertirlo – en el trayecto de su gestión
– de líder popular en hazmerreír del pueblo y, para sacarlo del
calvario, se requiere una agresiva campaña de relaciones públicas que,
en ocasiones, cuando el resentimiento se profundiza, resulta escuálida
en realizaciones significativas.
Marchitar la estima de un periodista, culpándolo de insurre-cciones que
brotan en una población inconforme, o acusándolo de excesiva divulgación
de problemas sociales, es peligroso, porque el profesional ofendido
recurrirá al alfiler de la ironía y, con des-treza, a través de
comentarios, artículos, glosas punzantes y cari-caturas, torna en circo
una gestión que se inició con buena voluntad.
No menospreciar a nadie es excelente dosis para contrarrestar el veneno
publicitario y, mientras se trata de enderezar entuertos, mirar de
reojo, porque la granada puede estar más cerca de lo que uno se imagina
y no olvidar aquel refrán que dice: “el empleado es enemigo pagado”.
Repentinamente me llegó una inspiración y redactaré lo siguiente: El
león, el animal más agresivo de la selva, camina erguido y prepotente
menospreciando a los otros miembros de la fauna. La montaña es su reino,
pero un día, mientras se desplaza de un lado a otro, pisa una víbora
dormida que, al despertarse asustada, lo muerde.
El león siente el pinchazo, peligra su vida, en el monte no hay
veterinario ni suero antiofídico, su rugido que retumbaba por la selva
se opaca, el veneno lo debilita, su tronar ya no es fuerte, su corazón
se apaga, de fiera se convierte en gatito sumiso; agoniza y lanza su
último hálito de vida. Una vez muerto, su robusta carne se pudre, su
olor es fétido y los gallotes festinan con su cuerpo convertido en
carroña.
Repletos hay anaqueles de historias de imperios que sucumbieron, no por
los cañones, sino por comentarios de periodistas que, con maestría,
utilizaron sus estilógrafos como arados literarios para sembrar ideas
reivindicadoras en la mente de pueblos que hastiados de ofensas, engaños
y faltos de alimentos, se sacudieron del complejo, vociferaron su
inconformidad y con furia remecieron los cimientos de estructuras
políticas que se confiaron demasiado en las bases que la sostenían.
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