A TIRO DE PIEDRA
La grandeza de Bolívar
Con ocasión de los 227 años
del natalicio de Simón Bolívar me vienen a la mente algunas semblanzas
de la vida del Libertador. Aristócrata de nacimiento, Bolívar conoció de
pocas penurias, luego fue dictador y presidente de varias naciones.
Educado en Europa, en parte, y discípulo de Andrés Bello, además de su
roce con el clero, forjó un carácter recio y de fuertes convicciones
cívicas.
Quisieran hoy algunos, a lo largo de nuestra América, poseer las
virtudes y entereza de principios del Libertador. Sea que proclamen con
sus labios la admiración por Simón Bolívar, o lloren frente a su
esqueleto, a esos parece estarle negado, no por natura sino por hechura,
las virtudes que adornaron a Bolívar.
Toda la fama y el poder que detentó, le hubieran permitido enriquecerse
o prolongarse en el poder; sin embargo, prefirió abandonarlo todo cuando
sintió que el apoyo político de su entorno le era adverso. Para
trasladarse de Bogotá a Santa Marta, donde murió, vendió su vajilla de
plata y algunas joyas. No se llevó con él nada que le perteneciera y su
testamento es una pieza de integridad, más que el reparto de riquezas
mal habidas. Por eso digo: quisieran muchos ser como él, o quisiéramos
nosotros que muchos gobernantes fueran como él.
Ya muerto, sus restos regresaron a su natal Caracas, según fue su
voluntad, y sepultados en la cripta de la Santísima Trinidad de Caracas,
junto a los restos de sus padres, donde permanecieron hasta su traslado
al Panteón Nacional caraqueño en 1876. Recientemente han sido
desenterrados, por orden del actual mandatario venezolano, con el
propósito de depositarlos en un mausoleo monumento.
La grandeza de Bolívar está, para mí, en sus virtudes, no en sus
hazañas. Simón Bolívar le pertenece a América, porque fue su sueño verla
unida como una gran nación. Y aunque alguno pretenda distorsionar su
pensamiento, la gloria de Bolívar trasciende el pedacito de mundo de
quien lo intenta. Por más que grite y se desgañite, sus palabras se las
llevará el viento y las arrojará al fondo del mar, en trepidante
remolino.
¿Por qué es grande Bolívar? Porque nació rico y murió pobre. Porque tuvo
en sus manos los tesoros de tres naciones y no tomó nada para sí. Porque
no se aprovechó del prestigio ni de su posición política ni de su
aristocracia. Porque por él hablan Carabobo, Ayacucho, Junín, Cúcuta y
un centenar de campos de batalla. Podría responder Roma o Madrid, que le
vieron joven y jurando libertar a su patria. Responderían, con gusto,
San Martín, Sucre, Urdaneta, Nariño o Santander. Pero es grande porque
no sucumbió a lisonjas y, con sus fallos humanos, siempre pensó en ganar
el cielo y no la gloria mundana.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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