Voz del Pastor


Mons. Pedro Hernández Cantarero
Obispo del Vicariato Apostólico de Darién

Ser padre cristiano

Hermanas y hermanos, en este día en que celebramos el día del Padre, y, que, en muchos momentos la figura del padre queda tan desfigurada por los cambios bruscos que da la sociedad, deseo partir de la experiencia de San José en el taller de Nazaret, que viene a ser símbolo donde todo se arregla, todo se crea y todo se rehace. El taller viene a ser el lugar de la recreación, de la creatividad. Es allí donde los proyectos se realizan.

Que encontramos en el taller de Nazaret, la figura de la sabiduría y de la bondad del artesano. Ahí encontramos la labor y la creatividad del artesano. El amor y la sagacidad creativa del artesano que sabe cómo rehacer lo maltrecho, que encuentra caminos para resolver lo difícil, ajustar lo desajustado. En el taller entra la materia informe y sale modelada, transformada. Un taller es un lugar donde lo inútil se vuelve útil, lo afeado hermoso, lo escacharrado logra funcionar. Al artesano lo envuelve una especial sabiduría. Para él no hay nada imposible. Está aliado, cordialmente aliado con aquello que cae en sus manos.

Si partimos de esa experiencia en la figura de San José y su hijo Jesús, podemos encontrar el modelo de trabajo, diálogo, comunicación y acción, como expresiones que ayudaron en la formación de Jesús que, al asumir un compromiso con la misión que le encomendó el Padre del Cielo, debía pasar por un proceso de formación, donde la figura del artesano, no sólo, lo formó para los quehaceres artesanales, sino también para la experiencia afectiva y volitiva de la vida. Esa ha de ser la experiencia de todo padre de familia en su labor formativa con los hijos y en su realidad familiar, como el que da la cara por la realidad que le corresponde formar y conformar, con la colaboración y buena labor de su amada esposa.

El artesano pasa haciendo el bien. Pocas veces tiene tiempo para dedicarse “a lo suyo”, como el ambiente egoísta de nuestro tiempo nos impulsa a vivir y colaborar hoy dentro del ambiente familiar. Pero cuando sirve, hace suyo o como si fuera suyo, lo de los demás. El artesano por vocación encuentra en la fatiga su gozo. Se sabe creador. Por doquier va dejando su impronta. Esa debe ser la figura del padre de familia; el tener ese arte de dejar su impronta en la figura de los hijos, aunque cada uno la irá transfigurando según los dones que ha recibido por parte de Dios. De tal manera que no debe gustar el que se desfigure la impronta que ha ido plasmando en sus hijos. Aunque es lamentable el que veamos resultados deshechos cuando nuestra labora artesanal se ha constituido en realidades antitestimoniales porque el artesano ha ido transmitiendo expresiones que dejan mucho qué desear con su mal comportamiento, expresiones que manipulan y destruyen la dignidad de las personas que están a su cargo.

Pienso que todo padre de familia tiene una labor educativa muy fuerte desde dos perspectivas, una salvadora que ejerce confianza, amabilidad, acogida, aceptación, tolerancia, respeto, serenidad, y que dignifica a la persona que Dios le ha puesto en sus manos. Por otro lado, el padre ordenado, que ejerce disciplina, orden, limpieza, pureza de corazón, solidez en sus palabras, que lleva a la persona por el camino de la responsabilidad y el respeto a los valores más profundos. El padre es el amigo que transmite, que enseña los pequeños secretos que hacen fácil lo difícil, que deja su firma única en todo lo que él hace. El padre se convierte en maestro, en comunicador de sabiduría, cuando adiestra, cuando corrige o aplaude. Los hijos diligentes están en buenas condiciones y en forma para superar al maestro. Es entonces cuando el padre se siente orgulloso de su hijo y así se lo expresa a la gente al decir: no se preocupen, lo hará muy bien… mejor que yo.

Esa tiene que ser la figura del padre cristiano, aquella misma que nos dejó San José en el taller de Nazaret, donde hubo siempre amor, confianza, un espíritu de dedicación y donde siempre hubo tiempo para los demás; nunca pensó egoístamente en sí mismo. Esa figura debemos mantenerla y resguardarla de todo viento malicioso de egoísmo, individualismo, autoritarismo, prepotencia y falta de confianza y respeto a los demás. Que la figura de San José nos manifieste la sabiduría necesaria para que este día no pase desapercibido entre los seres humanos y todo hombre, desde su masculinidad sepa que está llamado a dar un testimonio de ternura, afecto, cariño, comprensión y una sabiduría especial para hacer frente a las cosas y tomarlas con la dignidad que se merecen para llevar adelante la obra de amor que Dios pone en nuestras manos.

Pidamos a María que ella nos indique la manera cómo ella supo descubrir la figura de san José en su responsabilidad y dignidad, para que de la misma manera ubiquemos la figura del padre en estos momentos de confusión e irrespeto en que hemos caído.

Que el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo nos dé la sabiduría necesaria para recuperar la figura del padre generoso y responsable en estos momentos de nuestra historia.

Volver