A TIRO DE PIEDRA
Menos población sin más bienestar
Los primeros datos
extraoficiales del Censo indican que la tasa de crecimiento poblacional
continúa en descenso. En cinco décadas ha bajado de 3 a 1.3 nacimientos
por cada 100 habitantes. Nuestra población envejece, y con ello asoman
los problemas.
Influenciados por los vientos de doctrina de la sobrepoblación mundial,
los panameños nos hemos tragado, más de lo creíble, el cuento de que al
ser menos habitantes, nuestro bienestar sería mayor. Somos menos, sin
duda, pero el bienestar está muy lejos de llegar a todos. La lección que
no hemos aprendido en 50 años es que el asunto no está en ser menos,
sino en el manejo de los recursos y el acceso a la riqueza que produce
el país. Allí está el meollo de la cuestión.
Sin embargo, algunos cantos de sirena continúan sonando. Dicen que esos
está bien, y nos prometen a futuro que estaremos mejor porque habrá
menos presión sobre los recursos, y que el gasto social disminuirá
debido a la reducción de la población dependiente. ¿No es esto lo mismo
que nos han dicho durante 50 años?
Comparemos Panamá con 2 países: Costa Rica y Singapur. Con respecto al
primero tenemos poca diferencia en población, casi 70% más de
territorio, estamos ubicados en la misma región, y una tasa de
crecimiento similar. Las desigualdades sociales entre las poblaciones
panameña y tica, son notorias y en clara desventaja para nosotros.
Singapur, en tanto, apenas es un poco mayor que Coiba en superficie, nos
supera varias veces en población, y tiene menos recursos naturales que
nosotros. Su ingreso per cápita y su ingreso por habitante nos superan
con creces. ¿Todavía podemos creernos el cuento que siendo menos
viviremos mejor?
La población de un país goza de bienestar cuando sus niveles de
educación son altos, tanto en instrucción como en valores y principios.
Cuando, a partir de aquella, las personas administran los asuntos
particulares y públicos con un alto grado de responsabilidad ética y
social. Cuando se elige a los líderes por mérito y no por influencia.
Cuando se respeta la fe y la integridad del prójimo, y se les reconocen
sus virtudes y cualidades de bien.
Si realmente queremos progresar, atengámonos a los valores más sagrados
del ser humano y de la nación, para construir una nueva sociedad donde
el dinero se ponga al servicio de la persona humana, se ofrezca más
educación, se ensalce la virtud más que la riqueza personal, se creen
puestos de trabajo dignos y con salarios justos, y prime la honradez
sobre el juegavivo.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
Volver |