Editorial

Pentecostés

 

Con la Solemnidad de Pentecostés concluimos el periodo pascual, periodo de gracia en que hemos vivido el gozo de la Resurrección de Cristo de manera especial. La liturgia, las prédicas, y el mensaje perenne de la Iglesia por la Buena Noticia de la victoria de Jesucristo sobre la muerte, nos han recordado este acontecimiento.

Tras esta cincuentena pascual, bien vale la pena preguntarnos ¿qué hemos hecho en este tiempo? ¿Realmente nos hemos gozado en la Resurrección de Cristo? ¿Hemos profundizado en nuestra fe para vivir la conversión y la búsqueda de la santidad cada día? Este examen de conciencia, hecho con sinceridad, nos revelará lo que hay en nuestro interior con respecto a nuestra vida cristiana.

No son pocos los que se han quedado en el Viernes Santo o en la noche de la Vigilia Pascual. Ya sea por ignorancia o indolencia, para muchos el período de Pascua se ha diluido en los quehaceres, las tribulaciones, y los afanes del día. Ha sido como la semilla que cae al pie del camino, entre las piedras, o los espinos. Han dejado que su fe se la coman los pájaros, la seque el sol por falta de raíces, o se sofoque entre los cardos.

Sin embargo, Cristo resucitado ya no muere más, y nos abre la puerta de su pascua eterna. Siempre podemos voltear la mirada hacia él, entregarle nuestros pecados, y esperar que glorifique la cruz que llevamos cada día. Si en algo hemos fallado, tenemos al Paráclito intercesor; el mismo que en aquel día de Pentecostés, envió sobre sus discípulos, para que nos señale el camino que hemos de seguir. Pongamos, hermanos, nuestra fe en Cristo, y dejemos que su Espíritu Santo nos ayude a vivir en la Verdad.

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