A TIRO DE PIEDRA
Seguridad pública
El problema de inseguridad
que enfrentamos reclama del gobierno y de la comunidad acciones
concretas. La violencia, los asesinatos y otros crímenes, los accidentes
de tránsito, son reflejo del relajamiento moral y cívico en el que hemos
caído.
Cuando hablamos de la seguridad pública, equivocadamente pensamos que es
algo exclusivo de la acción de la policía. En realidad la seguridad
pública parte del comportamiento de la población, del respeto que siente
por la ley, los reglamentos, y las normas de orden público. Luego está
la competencia de diversos organismos que fiscalizan el acatamiento y el
cumplimiento de la disposiciones legales. Algunos como la policía, el
ministerio público, los tribunales, los bomberos, el sistema de
protección civil, y las autoridades administrativas, son fundamentales
para garantizar la seguridad pública.
La falta de competencia de las instituciones de la seguridad pública,
debido a que el sistema jurídico mediatiza, y a que la población
desconoce a fondo su papel, incide de manera grave en el resultado que
vemos en la actualidad en ese campo.
Si revisamos el concepto que tenemos de la policía, por ejemplo, nos
damos cuenta que para nosotros, la policía es el cuerpo uniformado. Sin
embargo, el concepto de policía abarca, también, las normas que
mantienen el orden en la colectividad. Por eso, los corregidores y
alcaldes deben ser el primer eslabón de la cadena llamada policía, en lo
que a la administración de justicia se refiere. Ellos, alcaldes y
corregidores, son la autoridad más cercana a la población.
Al relajarse la acción de la policía, entendida en su conjunto, la
población perdió el sentido del respeto al orden público. Se comenzó
tirando basura a la calle, y no pasaba nada. Siguió el escándalo con los
aparatos de música, las fiestas sin el debido permiso, y no pasaba nada.
Continuó la libación de licor en la vía pública, la apertura de
cantinas, bares y bodegas fuera de horario, y no pasaba nada. Después,
la violación de las normas de tránsito, y ya no pasa nada. Le siguieron
las riñas y los escándalos en la vía pública, y se hizo cosa normal.
Vinieron los apuñalamientos, y se toleró. Se armó la población,
aparecieron las amenazas a la vida, y se tomó por normal: ahora no
aguantamos los balazos. Se orinan en plena calle, sin empacho, y
comienza a aumentar la estadística de violaciones, porque se usa el
órgano sexual como bien se viene en gana. Se entra al domicilio ajeno, y
no resulta un delito grave. ¿Qué más permitiremos?
Vayamos a esas “pequeñas” cosas, y empezaremos a ver cambios en la
gestión de la seguridad pública. Si se respeta el orden público, que ya
lo tenemos por menos, la población podrá pensar que en lo más grave
habrán consecuencias mayores. La certeza de la sanción y el castigo, en
lo poco, será, también, certeza de lo punible en lo mucho.
Una población con moral y valores cívicos pobres, está impedida de
coadyuvar en la represión del crimen y del delito. Si las propias
personas consideran “normal” la bulla del vecino, la borrachera del que
vive al lado, la micción en plena vía, tirar basura a la calle, o la
riña entre parientes y amigos, nada cambiará. Rechazar estas actitudes
no significa atraso o conservadurismo, ni apadrinarlas significa tener
una mentalidad liberal o ser progresista. Permitirlo y tolerarlo, peor
aún, aceptarlo, es sinvergüenzura y degradación moral. No hay otra
manera de llamarlo.
Luis Alberto Díaz
- lad@panoramacatolico.com
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