Voz del Pastor

Mons. Oscar M. Brown
Obispo de Santiago
La Responsabilidad de la Iglesia y de los
sacerdotes
Dentro de pocas semanas culminará el Año Sacerdotal.
Este se inició el 19 de junio de 2009. Su intención ha sido la de honrar
a un sacerdote extraordinario, el Santo Cura de Ars, san Juan María
Vianney, en el aniversario número 150 de su nacimiento en la gloria. La
Iglesia lo ha declarado patrono de los párrocos, y lo propone a todos
los fieles, pero, de modo particular a los sacerdotes, como modelo
acabado de fidelidad a las exigencias de la vocación cristiana y la
vocación sacerdotal. Con esta intención, se eligió como lema del Año:
Fidelidad de Cristo y fidelidad del sacerdote; hermosura del sacerdocio
y del sacerdote.
Paradójicamente, las informaciones recientes de los medios de
comunicación nos han abrumado con una catarata de denuncias sobre
delitos de abuso sexual contra menores y otras formas de violencia
cometidos por sacerdotes, en diversos países. Para agravar la situación,
muchas veces se acusa a la jerarquía de prevaricar, es decir, faltar a
los deberes propios de su cargo, con respecto a los transgresores y a
las víctimas. También se ha señalado el celibato sacerdotal como causa
de estas conductas aberrantes, obviando el hecho de que también las
personas casadas cometen múltiples infidelidades.
Como hijo de la Iglesia, sacerdote y obispo, me siento profundamente
herido y consternado por estos hechos, protagonizados por algunos hijos
de la Iglesia, que mancillan el honor de la madre y empañan su noble
vocación de sacramento de salvación, misterio de comunión y misión y
casa y escuela de comunión con el Padre, por el Hijo en el Espíritu.
Sin negar la gravedad de la crisis, creo que el momento es de gracia,
tal vez, una de las primicias del Año Sacerdotal, en que muchos han
ofrecido oraciones y sacrificios por la santidad de los sacerdotes. Toda
crisis entraña un desafío y una oportunidad. Aquí el desafío es el de
ser capaces, como Iglesia, de tener el valor de realizar un profundo
examen de conciencia, que nos permita conocer y reconocer nuestras
miserias y acoger sin temor la misericordia de Dios, que nos llama a una
mayor conversión. La oportunidad consiste en emprender un nuevo éxodo de
nuestros pecados, rutinas y alienaciones, que nos lleve a renovar con
nuevos brios y fidelidad la alianza pactada con Dios en nuestro bautismo
y en nuestra ordenación sacerdotal. El tema de la Iglesia como comunidad
responsable nos da pistas para enfrentar el desafío y explotar la
oportunidad.
Pienso que esta crisis representa un momento de encuentro especial con
el Señor, que puede valerse de cualquier camino para acercarse a
nosotros, como lo hizo con la Samaritana en el pozo de Jacob y con Saulo
de Tarso en el camino de Damasco. Como en estos casos, el Señor nos
interpela profundamente para que descubramos o recordemos nuestra
primera y más profunda vocación: la vocación humana, que es el llamado a
ser hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y de todos los hombres y
mujeres. Esto se cumple por la fe en el misterio pascual de Jesucristo ,
en quien no hay hombre y mujer, rico y pobre, judío y gentil, sino sólo
la unidad de la filiación. La Iglesia proclama este misterio en su
predicación, lo celebra en su liturgia y lo testimonia en su vida
cotidiana. Cuando, por la fe en Jesús, Señor y Mesías, muerto y
resucitado, acogemos el Espíritu que él entrega en el patíbulo de la
cruz, entonces somos hombres nuevos, recreados a imagen de Jesucristo,
el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8:28-30), imagen de Dios
invisible (cf Col 1:15), capaces de construir un mundo nuevo, más justo
y fraterno, donde Dios reine como Padre y Soberano. La Iglesia, reino de
Cristo, es signo e instrumento de esta realidad.
La Iglesia es santa, por su unión con Cristo, su cabeza y esposo. Pero
es pecadora, porque está formada por hombres y mujeres pecadores, no
ángeles de Dios. Pero, puesto que ha sido configurada con su Señor, por
los sacramentos de iniciación cristiana, tiene el deber de crecer
continuamente hacia la madurez de Cristo, dejándose moldear dócilmente
por el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, Divino Alfarero y
protagonista de la misión. Ella debe escuchar continuamente la
exhortación cuaresmal a convertirse y creer en el Evangelio. Aguarda la
segunda venida de su Señor como ladrón en la noche, con fe, esperanza
activa, vigilancia, penitencia y conversión.
Los cristianos, ungidos por el Espíritu, son otros cristos. Copartícipes
de la misión sacerdotal, profética y real de Jesucristo, al servicio de
la redención de la humanidad. Para asegurar que la Iglesia responda a
este desafío, se cuenta con el servicio de los sacerdotes ministeriales,
que hacen presente a Cristo, Cabeza del pueblo de Dios, instruyéndolo,
santificándolo y gobernándolo en el amor.
La Iglesia es el reino de Cristo, que debe extenderse hasta abarcar a
toda la humanidad. El tiempo de la Iglesia es el tiempo que media entre
la glorificación del Señor y su segunda venida. Es el tiempo de la
efusión del Espíritu, el tiempo de la misión y de la lucha contra los
enemigos internos y externos de la salvación de los hombres: El Señor
debe reinar hasta someter a todos sus enemigos, incluida la muerte, nos
dice san Pablo. Después recapitulará en sí todas las cosas, y entregará
el reino al Padre (cf ICor 15:23-28).
La Iglesia tiene enemigos internos y externos. Libra una guerra
convencional frente a los segundos, fácilmente identificables. Mucho más
difícil es la lucha contra los enemigos internos, verdaderos lobos con
piel de oveja, terroristas de nuevo cuño, con cargas letales y
explosivas adosadas al cuerpo, para hacerlas estallar en el lugar y el
momento en que puedan causar mayor daño. Aquí incluimos a todos los
ministros ordenados que prevarican. A sus congéneres se refiere Pablo,
en Mileto, al dirigirse a los presbíteros, antes de partir para
Jerusalén: “Yo sé que después de mi partida, se introducirán entre
vosotros lobos bravíos, que no perdonarán a la grey; y de entre vosotros
mismos surgirán hombres que enseñarán cosas perversas para arrastrar a
los discípulos en pos de sí. Por lo cual, vigilad” (Hch 20:29-31).
Igual cautela propone el autor de 1Pe a los presbíteros: “Apacentad la
grey de Dios que está en vosotros, gobernando no por fuerza, sino de
grado, según Dios, y no por torpe lucro, sino por inclinación del
corazón; ni dominando despóticamente en las que son porciones de la
heredad de Dios, sino haciéndoos modelos de la grey.” (I Pe 5:2-3)
Por su parte, el autor de 1 Tim recomienda al obispo Timoteo honrar
doblemente a los presbíteros que gobiernan bien, sobre todo a los que se
afanan en predicar y enseñar. No debe admitir acusación alguna contra un
presbítero, si no viene avalada por el testimonio de dos o tres. Y debe
reprender públicamente a los que pecaren, para que los demás cobren
temor. A nadie debe imponer las manos, sin un profundo discernimiento,
ni mucho menos hacerse cómplice de los pecados ajenos, sino conservarse
íntegro (cf 1 Tim 5:17-23).
En este momento de gracia, el Señor nos invita a tener conciencia plena
de la existencia del pecado en el seno mismo de la Iglesia, y, de modo
particular, entre los ministros ordenados, no para humillarnos, sino
para hacernos más responsables ante su misericordia. Para ello, nos pide
que respondamos en diálogo amoroso, con fe y conversión crecientes, a su
misericordia desbordante, que se manifiesta en “la excelencia del
bautismo que nos ha purificado, la grandeza del Espíritu que nos ha
reengendrado y el precio de la sangre que nos ha redimido.”
A este respecto, vale la pena recordar que el cristiano es ciudadano de
la ciudad de Dios y de la ciudad terrena. Es sujeto de derechos y
deberes, en ambos casos. Como miembro de la ciudad terrena, debe tener
una conducta tan esclarecida que interpele a los no creyentes y les
anuncie con el testimonio de vida las riquezas insondables de la fe.
Sólo si es testigo creíble de la fe pascual, como discípulo y misionero
del Señor, podrá proclamar el Evangelio convincentemente a sus
contemporáneos. Pero, si su testimonio es piedra de tropiezo para otros,
por sus pecados públicos y privados, es el más desgraciado de los
hombres (cf Mt 18).
La Iglesia odia el pecado, pero ama al pecador. Sabe que Dios no quiere
la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18 y 33 ). Pero
esto, de ninguna manera, significa prohijar la impunidad. Muy por el
contrario, la misericordia de Dios, su amor fiel, es un acicate que
motiva la conversión del pecador, un cambio de corazón, que se expresa
en obras externas concretas de penitencia y reparación( cf Lc19 ). Así
lo patentizan los actos del penitente, que constituyen la materia del
sacramento de la reconciliación: De él se espera dolor de corazón por la
falta cometida, confesión, propósito de enmienda y reparación. Este
último aspecto no se puede obviar, porque todos nuestros peca-dos, por
ocultos que sean, tienen una repercusión social: Hacen daño a otros, y
exigen justa y conveniente reparación. Ciudadanos de la ciudad de Dios y
la ciudad terrena, los cristianos no podemos eludir nuestra
responsabilidad religiosa, moral, cívica y penal, exigida por las normas
de convivencia de una y otra sociedad, sin pretender, ni aceptar fueros
ni privilegios.
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