Hay que testimoniar y proclamar el valor de la vida

 

Oscar Rodríguez Blanco s, d, b.

La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”. Es un ser libre e inteligente, con virtudes y defectos, con derechos y obligaciones y llamado a participar de la amistad con Dios. Está en el centro de las enseñanzas de la iglesia, sobre todo, cuando su vida es amenazada y atropellada. La vida es un regalo de Dios que hay que amar y defender. La vida es un derecho que debe ser respetado y sobre la que nadie tiene derecho a suprimir a su antojo. “Sólo Dios es Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente’ (“Donum vitae" intr. 5).
Uno de los grandes problemas que se tienen en el mundo entero es el “irrespeto a la vida humana”. Es una realidad palpable en nuestro medio, en nuestras ciudades y pueblos. No existe un día en que podamos decir “hoy no ha pasado nada”. Las amenazas a la vida se concretizan diariamente en homicidios, suicidios, abortos, muertes violentas y atropellos en las carreteras. La Biblia en el relato de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín nos revela, que desde el comienzo de la historia humana, la presencia en el hombre de la ira y de la codicia le llevó a convertirse en enemigo de sus semejantes. Dios mismo hace comprender a Caín la maldad de su fratricidio: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano’ (Gn 4, 10-11).
Las malas noticias que escuchamos por la radio, la televisión o leemos en los diversos medios nos indican que sigue imperando la cultura de la muerte y pareciera que la vida no tiene ningún valor. Se mata por venganza, se mata por unos cuantos dólares o se suprime la vida inescrupulosamente en el seno de sus madres. En Irak y Afganistán pareciera que las muertes violentas no van a tener fin, los cristianos han tenido que pagar un alto precio en sus templos, conventos y comunidades cristianas porque siguen siendo atacados. Se sienten como indeseables en su propia tierra sólo por profesar su fe en Jesucristo. En España, han expresado los obispos, la nueva ley sobre el aborto, “supone un serio retroceso en la protección del derecho a la vida de los que van a nacer, un mayor abandono de las madres gestantes, así como, en definitiva, un daño muy serio para el bien común”.
Estamos en tiempo de pascua, y como cristianos, estamos llamados a testimoniar y proclamar el valor de la vida. Juan Pablo II nos decía que es necesario hacer llegar el evangelio de la vida al corazón de cada hombre y de cada mujer e introducirlo en lo más recóndito de toda la sociedad. Estamos llamados a actuar con criterios cristianos promoviendo la cultura de la vida. Ante el irrespeto por la vida debemos mirarnos los unos a los otros como seres creados a imagen y semejanza de Dios. Hay que celebrar la vida y celebrar a Dios que es su autor.

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