El boxeador filipino Manny Pacquiao saluda a sus seguidores (c) durante su llegada a una misa en la iglesia Quiapo de Manila (Filipinas), tras revalidar su título de campeón mundial del peso welter de la Organización Mundial de Boxeo sobre el ghanés Joshua Clottey, el pasado lunes 22 de marzo de 2010. EFE/ROLEX DELA PENA. (Foto ilustrativa).

¿A quién iremos?

La naturaleza humana tiende a entusiasmarse con diferentes ídolos, cifrando en ellos su confianza y celebrando sus hazañas. Figuras artísticas y deportivas son las predilectas, a las que el fanatismo de algunos las llevan casi al endiosamiento. Cuando la simpatía o la admiración están dentro de la cordura y el reconocimiento justo de las cualidades del otro, son aceptables; pero cuando sobrepasan ese límite, y conduce a lo irracional, entonces son censurables.

En este mundo plagado de ídolos y estrella, bien vale preguntarnos dónde hemos puesto nuestra fe y nuestra confianza. Esas sólo pueden estar puestas en nuestro Dios y Salvador, porque, como dijo Pedro a Jesús: Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabra de vida eterna. Él es el único eterno y el que no nos defrauda.

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