Editorial

Resucitó, ¡aleluya!

 

El gozo más grande del cristiano es la Resurrección de Jesucristo, porque con ella nos libró de la muerte y nos abrió las puertas del cielo. Por eso, la celebración de este excelso acontecimiento debe ser una fiesta inmensa, en nuestro corazón y nuestra propia vida, que contagie de alegría a todos los que están a nuestro alrededor.

Luego de la liturgia profunda que la Iglesia nos regala en estos días, y gran parte de ella antigua e inamovible desde los primeros siglos del cristianismo, nuestro corazón ha de estar presto a vivir la Pascua de manera igualmente profunda. La gran noticia de la Resurrección del Señor nos exige, desde el amor y la propia fe, vivir una vida nueva, para dar testimonio de todo el bien que nos ha hecho y la historia que construye, día a día, en nuestras vidas.

Atrás quedaron los días de austeridad, de privaciones y de actos penitenciales propios del culto. Entramos, ahora, en el tiempo de gozo, de alegría, de regocijo, para manifestar en nuestro cuerpo, al mismo tiempo, el morir y la resurrección de Cristo Salvador. El proceso de purificación cuaresmal, enaltecido en la liturgia y los ritos de la Semana Mayor, ha de servirnos, ahora, para dar testimonio de vida cristiana, en la humildad, la mansedumbre, y la caridad.

Nos abre Jesús tiempos nuevos cada día, desde su eternidad, para darnos su propia vida. Nos toca, pues, ser agradecidos y, en la libertad de los hijos de Dios, ir en pos de él con nuestra cruz y nuestra historia de cada jornada. Busquemos, como nos ha mandado, las cosas de arriba, y todas las demás se nos darán por añadidura. Y todo esto es posible haciendo la voluntad del Padre, que es creer en él, Dios Padre, y en aquel que él ha enviado, Cristo Jesús Señor Nuestro.

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