Voz del Pastor


Mons. José Dimas Cedeño Delgado
Administrador Apostólico - Arquidiócesis de Panamá

Vivamos La Semana Santa

  • Tenemos que partir del hecho de que la Semana Mayor o Semana Santa es la celebración propia de los cristianos. Todas las religiones tienen la fiesta que los identifica.

El pueblo judío, por institución divina, tuvo la fiesta de Pascua como el eje y el corazón de sus celebraciones litúrgicas recordándoles la liberación de la esclavitud de Egipto la cual fue acompañada por un gran número de prodigios. Si esas celebraciones tenían carácter de eternidad es porque anunciaban y prefiguraban la obra de la segunda creación, la redención del género humano por la sangre del Hijo de Dios hecho hombre, el verdadero Cordero Pascual.
La Carta a los Hebreos debe ser leída íntegramente en estos días de Semana Santa. En ella vemos que todo lo que Dios hizo con el pueblo de Israel tenía razón de signo; eso mismo lo haría después con toda la humanidad. La elección, la alianza, el culto con sus sacrificios, los sacerdotes, en todo eso preparaba y anunciaba lo que sucedería en el momento culminante de la historia. Todas las promesas hechas por Dios a su pueblo por boca de los profetas tuvieron su pleno cumplimiento en Jesucristo. Él es el sumo y eterno sacerdote, él es también la víctima propicia y agradable al Padre. Su oblación voluntaria en la cruz es el verdadero sacrificio que pagó toda la deuda, y por su amor y obediencia brindó a su eterno Padre la mayor Gloria y el mayor honor que criatura alguna podrá jamás tributarle.
Es sólo en relación a Jesucristo y a su obra redentora como hay que entender la frase del Éxodo 12, 24 que dice: “Esta orden la respetarán Uds. y sus descendientes como una ley eterna”. Cuando Cristo dio cumplimiento a las figuras y promesas del Antiguo Testamento pudo decir con toda verdad en la última cena: “Ésta copa es la nueva alianza confirmada con mi sangre la cual es derramada a favor de Uds.” (Lc 22, 20). Y para que nadie dude de que Jesús cumplió el encargo de su eterno Padre, antes de expirar dijo, solemnemente: “Consumatum est”, es decir: “Todo está cumplido” (Jn 19, 29).
Los grandes santos y teólogos de los primeros siglos del cristianismo llamados Padres de la Iglesia, de diversas maneras ponderan el valor de los antiguos ritos, pues en ellos ya se anticipaban la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.
Tengamos bien claro que los acontecimientos grandiosos de nuestra redención tuvieron lugar en un momento de la historia, en un escenario de tiempo y espacio. Dichosos los que en esos momentos vieron con sus propios ojos esos hechos. Pero nosotros, los que hemos nacido posteriormente y las generaciones que vendrán, no somos menos dichosos si en verdad creemos y conmemoramos en la fe y en la esperanza la obra de Jesús. “Dichosos los que sin haber visto han creído” (Juan 20, 29-31). Para ello Cristo llamó a los Apóstoles y los envió a predicar. Constituyó su Iglesia a la que prometió asistencia permanente. De modo especial con la institución de la Eucaristía, que es el memorial de su pasión, muerte y resurrección, Jesús ha querido injertarnos en su misterio pascual. De esta manera, él que es el primogénito de toda creatura y cabeza de la Iglesia, nos permite acoger la redención y hacernos partícipes de su salvación. Así lo entendieron y así lo hicieron los primeros cristianos y de allí viene la preparación cuidadosa para celebrar dignamente la fiesta de Pascua. Por eso instituyó el tiempo de Cuaresma, para preparar de manera más próxima a los candidatos al Bautismo. Estaba bien clara la idea de que el Bautismo es participar de la muerte y resurrección de Cristo. El Bautizado muere al hombre viejo, es decir, mata y sepulta todos los vicios y pecados que nos separan de Dios y recibe la vida nueva, la gracia que nos mereció Jesucristo, y así se da una verdadera resurrección y una vida nueva en el Espíritu Santo.
Durante cinco semanas la Iglesia nos ha invitado a entrar en un período especial de conversión a través de un programa: más oración, mayor mortificación de los sentidos y la práctica concreta del amor fraterno en la solidaridad con los necesitados. Así podremos estar más dispuestos a celebrar los misterios de nuestra salvación durante la Semana Santa.
No se trata sólo de recordar hechos que quedaron en el pasado, sino de revivirlos a través de la liturgia en un ambiente de fe y de recogimiento. Para no pocas personas la Semana Santa significa un paréntesis en sus labores habituales y unos días de asueto cuando no de diversiones mundanas.
El neo paganismo que influye considerablemente en nuestras sociedades modernas tiende a convertir la Semana Santa en otro carnaval. Pero es tarea de los verdaderos cristianos entrar de lleno en un espíritu de recogimiento y de meditación contemplando los dolores y sufrimientos de Nuestro Señor, no por sentir una lástima estéril sino para compartir sus sufrimientos y agradecerle todo lo que ha hecho para liberarnos de ese terrible y opresor Faraón que es nuestro egoísmo, nuestra sensualidad, nuestra soberbia y todo aquello que nos esclaviza y nos vuelve infelices.
Aprovechemos estos días de gracia, este paso del Señor para romper de una vez y para siempre con el mal, y renovando nuestro bautismo podamos caminar con Cristo resucitado en una vida nueva, lo que nos hará verdaderamente felices.

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