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Privilegio concedido sólo a sacerdotes
Bernardina de Moreno
Tomás De Kempis, monge renacentista del siglo XV, que dedicó su vida a
elaborar volúmenes de, “Quien se apega a las criaturas se marchitará
juntamente con ellas…”, y autor del gran libro: “Imitación de Cristo”,
que no debería faltar en ninguna biblioteca cristiana, hace referencia,
en uno de sus capítulos, dice refiriéndose al misterio de la eucaristía:
“Grande es este misterio, y grande es la dignidad de los sacerdotes, a
los cuales es dado lo que no es concedido a los ángeles. Pues sólo los
sacerdotes en la Iglesia católica, tienen poder de celebrar y consagrar
el cuerpo y la sangre de Cristo”.
Para muchos esto les parecerá noticia de ayer, inclusive a los que vemos
a diario al sacerdote celebrando misa, y esa rutina nos ha llevado a no
profundizar este privilegio concedido sólo a nuestros queridos
sacerdotes, lo sentimos como algo tan natural, que hasta nos distraemos
conversando a la hora de la consagración, cuando en ese momento está
ocurriendo algo grande y extraordinario, donde observamos a un hombre
como nosotros, con el poder que le fue dado, transformar un pedazo de
pan y poco de vino en el Cuerpo y la Sangre del Cristo que predicó y
murió en una cruz por nuestros pecados.
Todavía muchos de nosotros no asimilamos en su magnitud este gran
acontecimiento, no se nos eriza la piel, como cuando asistimos a un
concierto de estas criaturas famosas con las que juntamente nos vamos a
marchitar, como escribe Tomás De Kempis.
Vemos como rutina lo que sucede en el altar, e incluso irrespetar al
sacerdote, sin considerar que debemos verlos como lo que son, primero,
hombres en todo el sentido de la palabra pero, revestidos de un poder,
un privilegio y una dignidad dada por Dios para guiarnos precisamente
hacia nuestro fin que es el mismo Dios. El sacerdote es nuestro amigo
sí, pero primero es nuestro pastor y debemos estar atentos a su voz para
no perdernos, ni extraviarnos por senderos peligrosos.
Procuremos estar más compenetrados con el sacerdote en la santa
eucaristía para no perdernos el sublime instante cuando Cristo se hace
presente, y agradezcamos a Dios el don de tener una persona tan cercana
a nosotros, pero revestido de dignidad y poder, podríamos decir
celestial, por qué no, si después de la consagración la persona más
celestial que existe descansa sobre el altar, esperando que lo comamos.
Es tiempo de reflexionar mucho sobre este privilegio conferido a
nuestros hermanos y pastores para vivir con mayor respeto y amor este
don del cielo, y ser testimonio para muchos que todavía dudan de si
Cristo está o no presente en la sagrada hostia, a pesar de los muchos
milagros relacionados con este misterio que conserva la Iglesia.
No podemos decir o llamarnos verdaderos católicos si todavía no
experimentamos la presencia viva de Cristo en la santa eucaristía, y no
valoramos la misión de los ministros que por poder de Dios lo hacen
realidad. El católico auténtico se debe identificar plenamente dando
testimonio de su fe en Cristo eucaristía.
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