Los montes en los Evangelios

Pía Compagnoni

A Jesús le gustaba subir a los montes. Nos dice San Marcos que un día Jesús "muy temprano, antes del amanecer, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar" (1, 35). Sus discípulos, que conocían la costumbre del Maestro de orar en lugares solitarios, le preguntaron: "Señor, enséñanos a orar" (Lc 11, 1). Los evangelistas no nos han indicado el nombre de los montes que frecuentaba Jesús, así como tampoco nos han dejado el nombre de ciertos personajes evangélicos: el joven rico, la viuda que ofreció el óbolo, el hijo de la viuda resucitado por Jesús, el buen samaritano, la samaritana del pozo de Jacob, la mujer de mala vida, el paralítico de la piscina de Betesda, la mujer adúltera, etc. Carecen de nombre, no porque no hayan existido, sino para que queden más cargados de misterio. Allí donde no hay nombre, cada uno puede poner el suyo propio. Hoy también entre los árabes de Palestina no se suelen dar nombres propios a los montes bíblicos. Los llaman con el único nombre: MONTE SANTO, TUR en árabe. Lo afirma San Pedro: "Él (Jesús) recibió, en efecto, honor y gloria de Dios Padre cuando se escuchó sobre él aquella sublime voz de Dios: Este es mi Hijo amado en quien me complazco. Y esta es la voz venida del cielo que nosotros escuchamos cuando estábamos con él en el Monte Santo (2 Pedro 1, 17-18).
Cuando se leen atentamente los evangelios nos encontramos con que el mar o el lago, junto con los montes se mencionan con frecuencia. Es necesario entrar en la mentalidad de los judíos para comprender el significado y valor que atribuyen a los símbolos, sobre todo a los símbolos alusivos a la historia de la salvación. El arzobispo de Milán, Carlo María Martini, escribe: "La enseñanzas de Jesús junto al mar, más aún, sentado en una barca en el lago, tienen una gran fuerza simbólica. Jesús saliendo de Nazaret vino a vivir a orillas del lago, a Cafarnaún; es decir, vino a asumir la fragilidad humana". El monte, en cambio, es símbolo de la presencia de Dios, además de motivo de impulso vertical. El monte es el lugar donde tierra y cielo se tocan.
Los evangelios mencionan algunas cimas de monte por el hecho de dominar el paisaje o por los misterios que en ellas se realizaron. Los más conocidos son el monte de las Bienaventuranzas y el Tabor. El monte de las Bienaventuranzas, sobre el cual Jesús proclamó las pistas que conducen a la felicidad, se halla situado en la ribera occidental del lago de Genesaret. No se mide la altura de esta clase de montes en metros, sino por la importancia de los misterios que allí se desarrollaron. Este monte ha sido identificado por los arqueólogos franciscanos del Estudio Bíblico de la Flagelación como el de las Bienaventuranzas, y localizado en el siglo IV por la peregrina Egeria: son las ruinas de Heptapegon o las Siete Fuentes, conocidas hoy con el nombre de Tabga. Hablando del sermón de las Bienaventuranzas, el evangelista Mateo dice que "Jesús subió al monte, se sentó y se le acercaron los discípulos" (Mt 5, 1). En cambio, San Lucas dice que Jesús, "bajando con ellos [con los discípulos], se detuvo en un llano" (Lc 6, 17). Tienen razón los dos: Mateo subió de la ribera del lago, mientras que Lucas bajó por el lado norte, acaso tomando la "Via Maris".
Hablando del monte de la Transfiguración, San Lucas nos dice "que Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte para orar" (Lc 9, 28). Allí en la cima, mientras oraba "escondió por un poco la carne que había asumido y se transfiguró delante de ellos, manifestándose en la forma correspondiente a su belleza original" (Himno de la Litia). La belleza original es propiamente la divina, encarnada en la persona de Jesús, pero escondida durante su vida entre los hombres. Mientras Moisés y Elías hablaban con Jesús "del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén" (Lc 9, 31) cambió el aspecto de su rostro y resplandeció en toda su gloria teofánica. Mientras Pedro "estaba hablando vino una nube y los cubrió... De la nube salió una voz que decía: Este es mi Hijo elegido, escuchadle" (Lc 9, 34-36).
El primer autor que nombra el Tabor como lugar de la Trans-figuración es Orígenes en su Comentario del salmo 89. Eusebio de Cesarea habla de dos montes que "se han estremecido al nombre del Señor" y son el monte Hermón y el Tabor. No dice cuál de los dos eligió el Señor para transfigurarse. El Tabor, al contrario de otros montes bíblicos, tiene forma redonda, inconfundible. Tiene la forma de un gran altar que se alza a 600 metros sobre la llanura de Esdrelón y domina el horizonte de Galilea. Es visible desde el lago de Genesaret. Se accede al Tabor por una carretera zigzagueante sobre la ladera de la montaña, revestida de carrascales, algarrobos, lentiscos y terebintos. Miles de flores de toda forma y color brotan después de la estación de lluvias.
Respecto a la fecha de la celebración de la fiesta de la Transfiguración hay que añadir que fueron los monjes de Tierra Santa quienes fijaron la fiesta al 6 de agosto. Corresponde a la fecha del 9 del mes hebreo de Av, data que recuerda a los judíos la destrucción del Templo de Jerusalén. Los monjes veían a Jesús transfigurado como el nuevo Templo no hecho de mano de hombre. En Occidente se introdujo la fiesta en el siglo XI por iniciativa de Pedro el Venerable, abad de Cluny. El Papa Calixto III, siglo XV, la extendió a la Iglesia universal. La Transfiguración, junto con la Pascua, son las dos fiestas más grandes de Oriente. Es la fiesta de los monjes, es decir, de aquellos "que consagrados al arte de la divina Presencia" (así llama a los contemplativos Enzo Bianchi) buscan siempre contemplarla en la oración hasta la transfiguración de ellos mismos y de todas las criaturas en la luz del Tabor.
El hecho de que los vestidos de Jesús fueran resplandecientes, más blancos que la nieve, indica claramente que Cristo es luz del mundo. Acaso es por este motivo que ese día los monjes griegos del Monte Athos encienden una gran hoguera en la cima de la montaña, a 2000 metros de altura. Junto se halla una capilla dedicada a la Metamorfosis, la Transfiguración del Señor.
Jesús habla en otras páginas de los evangelios de los montes: Jesús dijo: "Os aseguro que si tuvierais una fe del tamaño de un grano de mostaza diríais a este monte: Trasládate allá, y se trasladaría. Nada os será imposible" (Mt 17, 20). Y San Marcos: "Os aseguro que si uno le dice a este monte: Quítate de ahí y arrójate al mar, si lo hace sin titubeos en su interior creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá" (Mc 11, 22). Y San Pablo en la prima carta a los Corintios (13, 2) afirma: "Aunque mi fe fuera tan grande como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy".

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