Editorial
Hosanna al hijo de David
Las muchedumbres que aclamaban a Jesús cuando entraba
triunfalmente a Jerusalén, hace casi dos mil años, le reconocían como
gran profeta y hombre poderoso en obras. Por varios años le siguieron,
se entusiasmaron con él, y unos pocos días después le abandonaban en el
monte del Calvario, cuando era crucificado.
De manera diferente, pero movidos por la misma naturaleza humana, hoy le
aclamamos y le damos la espalda. Vamos llenos de motivos al templo, para
hacernos de las palmas benditas y gritar, en la procesión de Domingo de
Ramos: “Hosanna, hosanna”, “Hosanna al hijo de David”. Muchedumbres
igual de emocionadas, cuyo número merma a medida que pasan los días, y
que el Domingo de Resurrección, la más grande de las fiestas cristianas,
se conforma con ver colgada la penca hecha cruz en la puerta de sus
casas.
Cristo padeció, murió y resucitó por nosotros, pero pareciera que nos
quedáramos sólo con su muerte, olvidándonos de la resurrección que nos
abrió la puerta a la vida. Su sacrificio fue para darnos vida,
liberándonos del poder del pecado y de la muerte. Agradecidos hemos de
estar por ese amor tan grande que nos ha tenido, al entregarse a sí
mismo por nosotros.
Que este júbilo que sentimos al inaugurar la Semana Santa con el Domingo
de Ramos, también lo tengamos y lo demostremos dentro de ocho días en la
fiesta de su Pascua de Resurrección. La cruz nuestra de cada día se hace
gloriosa, en la cruz de Cristo, cuando la tomamos y lo seguimos. No nos
quedemos clavados en ella, conformándonos con la muerte. Demos
testimonio de nuestra resurrección en Cristo, porque sólo los vivos son
capaces de tomar su cruz a cuestas y echarse a andar en pos de su
Salvador.
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