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Belén en la historia bíblica

Pía Compagnoni
Si Nazaret es una cuenca, Belén es, al contrario, una cima de dos
colinas. Belén se encuentra en el punto de dos aguas vertientes, es
decir, punto de encuentro del Antiguo con el Nuevo Testamento. La
localidad aparece por vez primera en la Biblia, con motivo de la muerte
de Raquel, mujer del patriarca Jacob. A dos kilómetros al norte de Belén
se ve un edificio junto a la carretera. Es el lugar donde, según la
tradición trasmitida por el escritor Eusebio de Cesarea y por San
Jerónimo, se encuentra el cenotafio de Raquel, muerta al dar a luz a su
hijo Benjamín (Gn 35,16-20; 48,7). El profeta Jeremías ve en el
cenotafio a Raquel salir de la tumba para llorar a los judíos reunidos
en Ramá, en el año 586 a.C., preparándose para el exilio en Babilonia:
"Se oyen gritos en Ramá, lamentos y llanto amargo, es Raquel que llora
por sus hijos y no quiere consolarse porque ya no existen" (Jer 31,15).
El evangelista San Mateo se sirve de la misma imagen para representar el
dolor de las madres belenitas a ocasión de la matanza de los niños
inocentes, ordenada por el rey Herodes (Mt 2,17-18).
El profeta Miqueas nombra a Belén como el lugar de nacimiento del
Mesías: "En cuanto a ti, Belén-Efrata, la más pequeña entre los clanes
de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel" (Miq 5,1; Mt
2,6; Jn 7,42).
Belén es recordada, de pasada, al tiempo de los Jueces (Jue 19,1), pero
entró en la historia universal con el rey David. Belén tenía entonces un
santuario con altar (1 Sam 6,2). El profeta Samuel recibió de Dios la
orden de ir a Belén para ungir secretamente a David hijo de Jesé, por
rey de Israel.
Los alrededores de Belén evocan el cántico de los ángeles la noche de
Navidad: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres
que gozan de su amor” (Lc 2,14).
Los primeros cristianos, los judeocristianos, veneraron desde los
primeros siglos las tres grutas del Señor: la de Belén donde nació; la
que recordaba la Resurrección, y la tercera, encima del monte de los
Olivos, donde adoctrinaba a sus apóstoles y donde pasaba las noches en
oración. El emperador Adriano quiso borrar todo recuerdo cristiano y
mandó construir templos paganos sobre las tres grutas. Gracias a la
erección de estos templos los recuerdos de la vida de Jesús se
conservaron.
En el año 325 se celebraba el concilio ecuménico de Nicea, y el obispo
de Jerusalén, Macario, habló al emperador Constantino de las tres
“grutas místicas”, como las llama el escritor Eusebio de Cesarea.
Constantino ordenó destruir los templos paganos y en su lugar edificó
tres basílicas: La Eleona sobre el monte Olivete; fue la primera
basílica edificada en Tierra Santa. Después la siguieron la ba-sílica de
la Natividad en Belén, y luego la Anástasis (la Resurrección, en
griego), llamada también basílica del Santo Sepulcro.
Tierra Santa Nº 759 / Nov.-Dic.02.
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